• Caracas (Venezuela)

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Sergio Antillano

Lluvia sin culpa

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En un aguacero reciente, me crucé en la calle inundada con alguien sin paraguas que al pasar junto a mí, apresurado, me miró y dijo con resignación “…el calentamiento global!”. Me sorprendió la retórica frase, usada por el mojado transeúnte. Pero sobre todo me impresionó que atribuyera nuestra desgracia de estar en medio del caos, por un aguacero repentino, a un fenómeno global, a un desequilibrio planetario. Fue como si dijera “…¡qué le vamos a hacer!”. Me dejó perplejo que se sintiera en estado de indefensión, resignado, bajo el impacto de algo inevitable.

En Eugene, llueve a diario, todo el año. Allí hay carteles que rezan: “En Oregón sabemos que llegó el verano, porque la lluvia es caliente”. No obstante, nada ocurre que altere la cotidianidad y la calidad de servicios públicos cuando llueve. Las aguas de lluvia son recogidas en forma eficaz por el alcantarillado y ningún aguacero genera apagón o damnificados… llueve y la vida sigue. El agua que cae del cielo no es, allí, como no lo es en cientos de miles de ciudades del planeta, la angustiante tragedia de consecuencias insospechadas y catástrofes secuenciales en que se convierte aquí en Venezuela cualquier “palo de agua”.

La razón es simple y no es meteorológica, ni asociada al “cambio climático”. Sencillamente los organismos públicos no han hecho bien ni oportunamente, lo que deben hacer.

Debiera y puede ser armónica la relación de la gente con el agua. Habitamos un planeta de agua. Alrededor de 70% de su superficie está cubierta de agua. Los océanos contienen cerca de 96% de este líquido fundamental para la vida. Pero hay agua también en la atmósfera, en ríos, lagos, cascadas, manantiales o cataratas que forman las aguas superficiales en tierras firmes. Hay agua en el subsuelo en pozos o ríos subterráneos; los casquetes polares y glaciares son agua sólida; la humedad del suelo es agua y los seres vivos somos mayormente ese preciado elemento… Un ser humano está compuesto de agua, en 75%.

Saber convivir con el agua en todas sus formas y estados parece cosa de sentido común. Dependemos del agua, y la ciencia ha producido información suficiente y necesaria para que no haya conflicto entre el agua y la gente. El agua a veces es torrencial; a veces descansa en un lago; en ocasiones transita en forma de río o cae en cascadas; es lluvia o aguacero, forma pozos o rocío. Tiene cientos de formas y hasta parece tener memoria. La lluvia que cae en el país es parte del mismo volumen de agua que desde siempre ha tenido el planeta. Debemos y podemos adaptarnos a su presencia y conductas, a veces tormentosa, pero siempre necesaria. Debemos hacer que los organismos responsables lo sean.

Sin previsiones ni mantenimiento los alcantarillados y quebradas que drenan la ciudad no ayudan a esa armonía. El desorden y la anarquía en la ocupación de espacios urbanos contribuyen al trágico desenlace de las lluvias. La desaparición de la vegetación urbana, la ausencia de forrajes vegetales y la tala de los árboles de la ciudad aumenta la fuerza destructiva de un aguacero. Los cableados aéreos del servicio eléctrico y su precariedad y obsolescencia de equipos hacen colapsar el servicio en cada lluvia. Pero el agua se lleva las culpas del trágico desenlace de un aguacero, cuando es la ineficiencia e irresponsable conducta de organismos públicos y de algunos ciudadanos lo que genera el caos cuando llueve.

Para colmo, nuestra contaminación degrada las condiciones naturales del agua del planeta y hasta provocamos que haya lluvias ácidas que caen sobre nuestra ropa o paraguas. Esa agua tiene un pH de menos de 5 porque se ha contaminado, mezclándose con óxidos de nitrógeno y dióxido de azufre que emanan de industrias, fábricas, o centrales eléctricas que queman carbón, y de nuestros propios carros, motos, autobuses y otros vehículos que usan derivados del petróleo u otros combustibles fósiles. Un ciclo en que las sustancias contaminantes que lanzamos a la atmósfera, regresan a nosotros en el agua de lluvia. Ácido sulfúrico y ácidos nítricos y otras sustancias químicas seguramente nos caen encima en los chaparrones de estos días, pero también en el agua que forma rocío, en la lluvia serena, el granizo, y hasta en la nieve, donde cae nieve.

Cuando el agua de lluvia contiene ácidos contaminantes, provoca deterioro grave a infraestructuras y afecta la calidad de ecosistemas naturales. La lluvia ácida daña la vegetación y la hace vulnerable a plagas. Contamina los suelos, empobreciéndolos. La lluvia ácida es corrosiva y degrada dramáticamente edificaciones, mobiliario urbano y arte público, estatuaria y otros elementos de infraestructura. El patrimonio construido sufre.

Al agua la represamos, la sacamos de sus cursos, construimos en los lechos de sus cauces naturales, la contaminamos, la volvemos ácida… y luego la culpamos de cada catástrofe que nos ocurre cuando llueve. Ojalá la memoria del agua no sea buena.

 

*Planificador ambiental. Ingeniero.