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Milagros Socorro

Y mientras unos destruían…

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Hace una semana fui a escuchar a Natalia Lafourcade en el auditorio de Corp Banca, Caracas. El pequeño pájaro mexicano abrió su espectáculo con su versión, acompañada sólo de guitarra, de “María bonita”, el clásico de Agustín Lara. Desde ese momento, la figura de la intérprete, que a sus 29 años es en extremo menuda y delicada, comenzó a crecer en el escenario hasta llenarlo con notas inesperadas. El público, compuesto mayoritariamente por sus contemporáneos, estaba hechizado por el encanto de Lafourcade, quien ha tenido el tino de amarrarse a la portentosa tradición de música popular de su país (antes de honrar el arte de Agustín Lara había rendido tributo a Tin Tan).

Era cosa de ver aquellos muchachos siguiendo las letras de un compositor nacido en el siglo XIX (Agustín Lara nació en 1896, y murió en 1970, cuando Lafourcade y sus fanáticos de todo el continente estaban lejos de nacer). ¿Por qué no hay –me preguntaba mientras transcurría el show– una cantante venezolana que se equipare en el tipo de carrera y la fama de esta muchachita?

Por falta de talento no será. Ni mucho menos por desinterés del país hacia la música. Sin necesidad de restar méritos a Natalia Lafourcade, es seguro que en Venezuela hay unas cuantas vocalistas jóvenes de equivalente solvencia artística y estampa física. Si a ello le añadimos el hecho de que en este país surgió, en 1975, el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles, un modelo pedagógico celebrado en todo el mundo, por el que han pasado miles de jóvenes, pues lo natural sería que nuestros cantantes y músicos populares fueran las estrellas de esta era, en todas partes.

La misma presentación de Lafourcade dio indicios para consolidar esta idea. Invitados por Lafourcade, salieron al escenario para cantar junto a ella los venezolanos Ulises Hadjis, Henry D’Arthenay, Alain Gómez, Alejandro Sojo, Beto Montenegro y Gustavo Guerrero y el grupo Los Hermanos Naturales. Todos estupendos. Muy buenos cantantes y con magnífico desempeño en escena.

Con estas visiones, empecé a preguntar por ahí. ¿Cómo se explica que los músicos venezolanos de esta época no sean conocidos en todo el país y por todas las generaciones, como ocurría hasta hace unos 20 años? En el camino de las interrogantes fui descubriendo un movimiento extraordinario –en calidad y variedad– de figuras y grupos, en número tal que sería imposible de mencionar en este espacio. Me refiero a intérpretes de baladas, rock, ritmos caribeños, géneros venezolanos, bandas experimentales, fusiones… mencione usted: tenemos para dar y prestar.

Y no es que no se editen sus discos (muy poco, en realidad), que no se presenten en algunas salas, auditorios o plazas o que no los divulgue la radio (y en ciertas ocasiones la TV). Es que todos esos factores, imprescindibles para el estímulo y difusión de la música popular, parecen estar desarticulados. No hay una cadena de circulación que sirva de estructura capaz de conectar la formidable movida musical venezolana con todos los ámbitos posibles de la recepción. Y las redes sociales no son suficientes.

Cabe pensar que mientras el país ha estado absorbido por la ceremonia atroz de destrucción obrado por el régimen, se ha ido configurando un tesoro precioso del que tenemos noticias aisladas, nombres que nos suenan, espacios donde se presentan artistas, suerte de catacumbas donde se cita esta secta para poner en escena sus rituales.

Mientras la revolución invertía en la música clásica, porque ésta no es conflictiva, le da lustre y le reporta propaganda internacional, la música popular crecía realenga, con poco apoyo y condenada a públicos más fragmentados de lo que es lógico esperar.

Tras unos días de consulta febril, persisto en la ignorancia. Pero, al menos, he conocido la revista Ladosis, dirigida por Juan Carlos Ballesta y Xabier Landa, una publicación muy seria y bien hecha, que nos muestra el vasto panorama de la música venezolana actual. Y empiezo a pensar que las instituciones públicas y privadas pierden una gran oportunidad de enriquecer sus marcas al no promover conciertos semanales, editar discos y apoyar espacios audiovisuales donde se presenten estas estrellas.

Bueno, sí, como De Fiesta con Venevisión, como los festivales de la canción y el Show de Renny, aquella escuela entrañable donde completamos nuestra formación sentimental.