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Sergio Dahbar

Esa palabra no se dice

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Nunca pensé que iba a encontrar un símil en Venezuela que pudiera relacionar con la fábula grotesca de una película griega del año 2009, Canino, del director Yorgos Lanthimos.

Pero esta semana Conatel exhortó a los medios de comunicación nacionales a evitar en sus reportes informativos el uso de la palabra “saqueo”. Y aquella tragedia griega regresó a mí como un déjà vu maluco.

Canino es una película provocadora y ácida, que habla, y mucho, del autismo de Grecia en el contexto de la economía europea, y de las mentiras que les dijeron sus políticos a los ciudadanos por años.

En un chalet de algún lugar desconocido de Grecia habita una familia singular. El padre es un empresario acomodado. Dirige una industria, mientras la madre trabaja en casa y se ocupa de tres hijos que han dejado atrás la adolescencia.

Son padres curiosos. No permiten que los hijos salgan de los límites de la bella propiedad que poseen, con jardines y piscina. Y han apelado a la ficción como enmascaramiento.

Les graban descripciones de palabras para explicarles cómo es el mundo. “¿Qué es un zombi? Una flor amarilla. ¿Una autopista? Una ráfaga de aire”. De esta manera los protegen de la dura realidad que se abre camino más allá de los muros de la casa.

También les hacen creer que Frank Sinatra es uno de los abuelos, que les ha dejado grabado mensajes importantes: uno de ellos es la canción “Fly me to the Moon”. Así entienden que la piscina es el mar; las autopistas, vientos, y los gatos, depredadores que deben temer. El único nexo con el exterior son cintas VHS de Rocky y Tiburón.

La cinta resulta perturbadora y muchos espectadores han mostrado enorme desagrado ante sus imágenes. Aunque sea una ficción, la idea de que unos hijos mantengan relaciones sexuales entre ellos y comiencen a desarrollar una actitud violenta hacia la autoridad que los condena al horror, o hacia ellos mismos, coloca en estado de alerta a la audiencia. Uno sabe que lo que viene por ahí es candela.

Al ver las imágenes y la propuesta simbólica de Lanthimos, resulta inevitable pensar en Grecia como actor político en el corazón de una Europa que hasta hace unos años era pujante y próspera.

Todos los griegos recuerdan al político conservador Kostas Karamanlis –que engañó a los ciudadanos con estadísticas oficiales que eran falsas–, alguien que se parece a unos padres que le llaman salero al teléfono y para quienes el órgano genital femenino significa lámpara.

No olvidemos el origen de la crisis griega: advertir que las cifras de déficit y deuda pública eran peores que las anunciadas. Lo que no representa una originalidad de Karamanlis: sus antecesores socialistas eran expertos en el arte de la mentira política y económica. Disfrazaron la crisis hasta que un día no pudieron pedalear más y la bicicleta dejó de funcionar.

Como ha declarado el director, el gobierno griego pareciera jugar con los ciudadanos del mismo modo que los tres hijos de Canino: meten las manos bajo un chorro de agua caliente para ver quién aguanta más.

Para Yorgos Lanthimos, Canino es el retrato de una típica familia griega, ensimismada y acostumbrada a las mentiras, esbozo de lo que entiende como una estructura social al borde del abismo. “En Grecia, los hijos viven con sus padres hasta los 30 años y hay mucho conservadurismo con las hijas”.

Para este realizador lo más curioso han sido las reacciones de los espectadores y críticos frente a Canino. En Estados Unidos la han entendido como un ataque a la escolarización doméstica. Los europeos han querido leer en sus imágenes una alegoría potente sobre la dictadura y el autoritarismo.

Eso tienen de bueno ciertas metáforas. Se pueden entender de acuerdo con el contexto en el que florecen. Como las pesadillas. Uno puede impedir por ejemplo el uso indiscriminado del término “saqueo”, pero la gente en la calle entiende lo que quiere. Como los muchachos de Canino, que viven en una mansión protegida hasta que un día ocurren cosas muy feas.

Advertencia: esta nota es sobre una película griega y cualquier parecido con alguna realidad suiza o australiana es ajena a la voluntad del columnista.