• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

El sospechoso

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Los mortales, los que saben que caminar con alguna tranquilidad por las aceras es un caro privilegio en las sociedades en las que predomina la violencia y el me da la gana, desconocen de qué vericuetos se valen los avispados para gozar de prerrogativas que no merecen, que no se han ganado. A pocos les preocupa y siguen su camino como si no fueran asuntos de su incumbencia. Cuando lo descubren, casi siempre en la sala de emergencia de un hospital o en los murmullos propios de los velorios, es demasiado tarde. Esas dispensas provenían de fondos destinados a hospitales, escuelas y obras públicas. Hasta ahí, nada de loterías, aciertos en las carreras de caballo o el trabajo productivo.

A veces, especialmente cuando las recurrentísimas cadenas oficiales dejan que la mente desvaríe en los intersticios de las especulaciones, se asombra de que una persona que hasta ayer vivía con el desmirriado salario, cuyos derechos de autor de su único libro ni le alcanzaron para pagar la cena con la que lo celebró con su familia y unos pocos amigos, y que por ser hijo de obrero no heredó bienes de fortuna de monto alguno, asume el cargo de ministro por unos pocos meses y, sin trabajar, sin recibir salario alguno, salvo los pocos bolívares que le pagan en los dos periódicos que le han prestado la tribuna para que haga campaña electoral, sigue gastando a manos llenas, con el tren de vida de un alto funcionario en ejercicio.

Si los auditores se atienen a las informaciones oficiales, no bastan las prestaciones sociales obtenidas en diez meses de funciones, por muy alto que haya sido el cargo en el gobierno, para vivir como si nada hubiera pasado otros cuatro meses más. Lo que pregona, obviamente, no coincide con su comportamiento. No importa que tenga carita de yo no fui. Ahí están sus chaquetas y camisas de relumbrón, adquiridas antes de las rebajas impuestas. Hasta ahora no hay comisión de servicio para dedicarse a la campaña electoral, ni recibe cantidad alguna por no ejercer su rutina de entrevistador mañanero. Al contrario, la ley prohíbe expresamente ambas posibilidades.

Son muchas las explicaciones que les deben a la ciudadanía, pero la de más bulto no son las camionetotas que usan –al lado de las cuales son minucias los Jeep con los que tanto escandalizaron en la época de Jaime Lusinchi muchos de estos periodistas ahora muy enchufados y encorbatados– sino su estilo de vida, que envidian hasta los protagonistas de la revista ¡Hola!

A Stalin le gustaba regalar automóviles de mucho lujo y pistolas automáticas a sus más leales colaboradores. A veces morían en “accidentes” de tránsito, otras se suicidaban cuando presentían que la checa subía a tocar las puertas de su apartamento. La técnica que prefirió Cuba fue “empijamar”, convertir en detritus a los que ya no son útiles. Vendo trayectoria y algunas curvas por enderezar.