• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

Maduro en un callejón sin salida

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La posición de Maduro es bastante comprometida. Se encuentra literalmente atrapado, al parecer, sin vuelta atrás. Toma medidas desesperadas que llevan al país por un despeñadero de proporciones catastróficas que lo arrastrarán a él sin remedio. Sus recientes conductas defensivas indican que se siente acorralado. Su afán de aferrarse a Miraflores, a como dé lugar, lo obliga a buscar fórmulas fracasadas en otras latitudes. Sencillamente, huye hacia delante esperando un milagro que no llegará.

La presión es tan grande que, por momentos, da la sensación de que se refugia en un mundo ficticio, peligrosamente encapsulado, sin comprender lo que sucede a su alrededor. Sólo a guisa de ilustración, me permito referirme a un tweet del mismísimo Maduro, en el cual relataba que en un paseo vespertino con Cilia Flores, bajo una refrescante garúa, estaba analizando medidas muy importantes en materia económica que pronto anunciaría al país. Luego vino la larguísima cadena que se convirtió en un rosario de lugares comunes, con las consabidas amenazas contra la oposición y la burguesía apátrida y parasitaria.   

Ahora bien, cómo se puede gobernar bajo estos parámetros convertidos en delirios de un bucólico atardecer. Quien efectivamente toma las decisiones es la cúpula militar-civil que lo rodea. Sus fallas conceptuales son frecuentes, sin mencionar la confusión en la utilización de los vocablos o conceptos a la hora de explicarle a la ciudadanía cualquier asunto de interés público. Lo cierto es que Maduro, para desgracia de los venezolanos, transita el camino equivocado, pensando, quizás, que quebrando la economía, empobrece y pervierte a la población, copiando el patrón cubano que, desde hace más de 50 años, ha mantenido este siniestro guión de alienación colectiva, a los efectos de lograr el control férreo que los mantiene en el poder.

La pregunta pertinente es, ¿quiénes asesoran a Maduro? No puede ser que en el oficialismo no exista una mente que se dé cuenta de que asfixiando la economía, tal como lo están haciendo, no van a conseguir la solución para salir de la profunda y peligrosa crisis que les va a pasar por encima; antes bien, lo que hacen es exacerbar el malestar social de un pueblo que desea vivir en paz, tranquilidad y bienestar, bien alejado del mar de felicidad caribeño.

En qué cabeza cabe que lo que está ocurriendo se puede resolver con respuestas militares. Esa salida, sencillamente, no existe, y mucho menos dará resultado alguno distinto de agudizar la escasez y el desabastecimiento a niveles insostenibles e insoportables. O sea, es como buscar cuchillo para su pescuezo. Tal como ha ocurrido con el caso de las empresas de electrodomésticos, las cuales, a decir de los propios jerarcas del régimen, crearon compañías ficticias para beneficiarse de manera privilegiada con entrega de los “apetecidos” dólares de Cadivi. A confesión de parte relevo de pruebas. Obviamente, esto ocurrió con la complicidad de funcionarios del mismo ente que demoniza a los impíos “raspacupos”, que el propio régimen convierte en delincuentes, pero que suman cantidades ínfimas comparadas con los 20.000 millones de dólares entregados fraudulentamente a las llamadas “empresas de maletín” (Giordani dixit).  

Maduro no ataca las causas de los problemas estructurales de una economía –con profundas asimetrías– a punto de colapsar, sino sus efectos. Es como recetar aspirina para el dolor de cabeza a un paciente que padece una enfermedad terminal. Más bien parece invocar una suerte de nigromancia política (a lo Sai Baba) basada en la misión destrucción, en la misión caos, en la misión sálvese quien pueda, que derivará en resultados impredecibles…