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Freddy Lepage

El infierno venezolano

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Este cuento popular –no exento de esa picardía tan criolla que nos caracteriza– viene como anillo al dedo para graficar lo que está sucediendo en nuestra patria. Yo sé que la mayoría de los lectores, quizás, lo han escuchado alguna vez, pero, para refrescar la memoria de algunos, lo voy a repetir aquí, no sin antes pedir comprensión anticipadamente. La narración de marras dice así: “Llega una persona malvada al infierno venezolano. Luego de transcurridos varios días y al notar que nadie lo castiga o lo tortura, decide quejarse y preguntar qué es lo que sucede, y se encuentra al demonio y le espeta: —¿Oye, tengo días acá y no ha ocurrido nada, que pasa? A lo que Mefistófeles le responde: —Estas en el infierno venezolano, aquí la cosa es distinta, el castigo consiste en que te tienen que llenar de excremento, pero, cuando están el excremento y el balde, no está la persona que te lo echa; cuando están el balde y la persona, no está el excremento, y cuando están la persona y el excremento, no está el balde”.  

Pues bien, eso es, precisamente, lo que soportamos a diario la gran mayoría de los venezolanos, que no gozamos de los privilegios de pertenecer al selecto y reducido grupo de los altos jerarcas del régimen, acostumbrados, gracias a la prepotencia y abusos descarados en el ejercicio del poder (sin ningún tipo de controles), a “disfrutar” de las mieles y prebendas que de él se derivan. Sobran los ejemplos sobre las penurias y vicisitudes por las que tienen que pasar los ciudadanos comunes, sean estos fieles seguidores de la derruida revolución bolivariana o de oposición.

El efecto “infierno venezolano” está en todas partes convertido en una hidra de mil cabezas que ha penetrado las entrañas de todas las instituciones de la administración pública, ministerios, empresas del Estado y, por supuesto, Pdvsa. Ningún organismo se salva de esta perversión que tiene peligrosamente enredado y paralizado el país. Las salidas cada vez son más reducidas, y las argumentaciones y excusas más baladíes ya no convencen. De hecho, el juego se reduce a opciones que implicarían un cambio de rumbo de 180 grados de las políticas económicas estatistas y centralizadoras aplicadas –a sangre y fuego– durante estos años que los jefes de la economía no se atreven a acometer.

Prometen nuevas ofertas de dólares del Sicad que no se cumplen en las fechas señaladas, y cuando aprueban las divisas, éstas no son otorgadas oportunamente a las pocas empresas beneficiadas. Maduro, en la víspera de su viaje a China, declaró, con bombos y platillos, que a su regreso (supuestamente con las mochilas llenas de dólares) anunciaría otro esquema complementario a Cadivi y al Sicad; pues bien, al momento de escribir la columna eso no ha sucedido.

Crean organismos y comandos “superiores” de todo tipo, supuestamente para atender los graves problemas de electricidad y a los efectos de contrarrestar la presunta “guerra económica” desatada por la oposición y por el imperio, sin embargo, la situación es cada vez peor y delicada. Los apagones son parte del descontento cotidiano de los habitantes de las ciudades y pueblos de Venezuela, y las amas de casa hacen piruetas para conseguir los productos de la dieta diaria en abastos y supermercados. Si hay leche, no hay azúcar. Si hay azúcar, no hay aceite. Si hay aceite, no se consigue el papel tualé; en fin, claro ejemplo de lo que es el infierno venezolano de cada día.

La respuesta de Maduro y su grupo es la del librito autoritario. En lugar de encauzar el país por los caminos del desarrollo, lo que se les ocurre es amenazar a la gente con profundizar la revolución socialista. O sea, multiplicar las calamidades económicas y sociales, continuar con los mismos errores.