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Luis Pedro España

Inventando la guerra

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Debe ser que, como nadie se creyó que estábamos en la tan ocurrente como irreal posibilidad de una guerra económica, el gobierno se la inventó. Los detalles de la operación política sobran, las conchupancias, como acertadamente calificó Henrique Capriles, sobre su fabricación son un caso propio de Ripley y por lo tanto se lo dejamos a los cronistas de lo insólito. Lo cierto es que finalmente el montaje guerrerista al que tanto aspiraban ya está en las calles. Tanquetas militares y funcionarios con el ceño fruncido custodian colas, establecimientos comerciales o locales donde se expende lo que es uno de los imaginarios del ascenso social y el bienestar de los venezolanos: los electrodomésticos.

No hay mejor mentira que una media verdad. Como la situación de zozobra y angustia que agobia a los venezolanos cada vez que tienen que ir al mercado no encuentra, porque no lo tiene, ningún otro responsable que las pésimas políticas económicas implementadas por el gobierno, tanto del presente como del pasado, se lanzó la descabellada idea de la “guerra económica”. Más que un eufemismo era una infamia calificar como guerra lo que no era más que la reacción, en buena medida indeseada, pero por ellos propiciada, del comportamiento de productores, comerciantes y consumidores ante una situación económica de inestabilidad.

Como lograr, lo que hubiese sido lógico, que los productores y comerciantes invirtieran y se dedicaran a producir mayor cantidad de bienes y servicios, así como que los consumidores contribuyeran con su ahorro a bajar la presión inflacionaria y ser la base de la inversión, necesitaba del reconocimiento de los errores incurridos y tener que emprender un cambio de dirección económica e incurrir en acciones necesariamente contractivas que tendrían una repercusión en la popularidad, se optó por un intento más que desesperado de seguir corriendo la arruga utilizando para ello uno de los argumentos preferidos de la izquierda radical, a saber, la conspiración, en nuestro caso, la guerra económica.

Dejando a un lado las motivaciones y su enrevesado procedimiento, lo más grave de todo son las consecuencias. Es más que evidente que a poco menos de tres semanas de la próxima contienda electoral, y dado el vaticinio de su posible resultado adverso para el gobierno, el montaje de la guerra trata de tener un impacto en la popularidad. Aun a riesgo de equivocarnos, es probable que lo más que logren es dejar de perder adeptos, puntos porcentuales en las encuestas y votos en las urnas. Detener el deslave puede que sea el principal logro de esta operación. Lo dramático e irresponsable son las terribles consecuencias que esta situación tendrá en los primeros meses y el resto del año 2014.

El hostigamiento al comercio de electrodomésticos y la ya prometida acción contra los comerciantes de otros ramos, como celulares, computadoras, textiles y calzado, es una prueba final de que en Venezuela hacer negocios y desarrollar alguna actividad económica que, como desde Trucutú para acá, tenga un incentivo pecuniario será objeto de sospecha o blanco de ataque de un gobierno que pretende controlar caprichosamente y por razones políticas, amigueras o retaliativas a cualquiera que se dedique a la producción de bienes o servicios.

¿Qué inversionista va a arriesgar algo de su patrimonio bajo semejante clima? ¿Quién va a destinar parte de su capital en reponer el inventario de lo que interesadamente y por unas elecciones locales le fue incautado o saqueado? ¿Qué venezolano no sabe ya que, en las próximas semanas, al tradicional desabastecimiento de productos básicos se sumará el de los que recientemente han sido reclutados para la guerra? Las respuestas a estas preguntas son, sin dudas, las terribles consecuencias que esta guerra económica que se han inventado nos traerá para este final de año.