• Caracas (Venezuela)

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Colette Capriles

Archipiélago Chávez

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Parece que las palabras de Maduro en la Asamblea Nacional fueron redactadas con una especie de aspiración ciceroniana, como para poner al torpe y disléxico lector en la posición del tribuno angustiado por la salud moral de la república. Aparecieron menciones a lo que cualquier artículo de Wikipedia habría sugerido como pilares del pensamiento republicano clásico, del humanismo cívico: Aristóteles, Maquiavelo… Contaminados desde luego no tanto por la oceánica ignorancia del orador sino por la lluvia de alusiones a autores destartalados o impropiamente citados, en un típico ejemplo de la zambumbia posmoderna con la que se amuebla la cabeza de los “intelectuales” contratados para la ocasión.

En el ámbito de las intenciones, que es en todo caso lo que hay que mirar, más habría valido una mención directa a Robespierre y el Comité de Salud Pública; el discurso, la ocasión, los antecedentes, la retórica, hasta los balbuceos, todo, quiere comunicar el inicio de un período de Terror que sustituya el carisma perdido y enterrado como principio de autoridad. Una autoridad que se le escapa a quien ejerce la Presidencia y que debe ser reconstituida con fines internos, de recomposición del cuadro chavista, y ser estratégicamente dirigida a la acción represiva contra factores políticos (y no políticos) que pueden (y están de hecho haciéndolo) galvanizar la decepción, la resaca del espejismo ido y roto en pedazos que las mafias del régimen tratan de arrebatarse.

No se insistirá lo suficiente en la irresponsabilidad patológica del señor Chávez al obstruir toda iniciativa de institucionalización de sus propios factores de poder y haber propiciado un archipiélago de voracidades en forma de tribus, clanes, familias (consanguíneas o no) que convirtió lo público en patrimonio privado y particular de unos capos. Estos buscan ahora alguna forma de equilibrio mediante purgas y reacomodos que pudieran tener éxito, si se entiende por tal su supervivencia en el poder.

Pero están las elecciones. Y está lo otro, lo que no está encuadrado en lo político exactamente sino en la sensación de fin de mundo que permea la vida cotidiana. Por lo que se colige de lo emitido por Maduro en la Asamblea y en los actos previos, en ese Plan Octubre Rojo que se ha anunciado, el asunto pasa por construir la certeza de la “irreversibilidad” del régimen, es decir, instalar el mensaje de que las cosas ya no serán, efectivamente, como antes. La política da paso a la amenaza descarnada de repetir ya no metafóricamente como hasta ahora sino de verdad-verdad, los espantos del socialismo real. El esquema redistribucionista y rentista habría entonces llegado a su fin para instalar una economía de perpetua escasez en la que la única salvación será conectarse con el sistema de privilegios del aparato de gobierno.

Pero de nuevo: están las elecciones. Convertirlas en mera aclamación del chavismo no es posible, no hay material humano para eso; pero crear, con el mensaje de la irreversibilidad y las operaciones represivas que puedan ejercerse, la atmósfera tóxica que las despoje de su significado político, tal vez sí. Porque si toda esa fuerza prepolítica (por así decirlo) que se respira en el hastío y frustración de la calle, pasa al acto político (que en esta ocasión es votar, y que otras ocasiones tendrá otra expresión), queda muy comprometido el archipiélago, y las mediciones de opinión lo están registrando abrumadoramente. La eficacia del voto ahora se mide en otra dimensión: la del repudio, y el mensaje que hay que dar en diciembre es que lo único irreversible es la voluntad de cambio de una sociedad que no quiere ser propiedad de una casta.