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Francisco Suniaga

Nueva York

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Si el mundo tuviera una capital, sin duda sería Nueva York, el único lugar del planeta donde nadie tiene razones objetivas para sentirse extranjero, por el simple hecho de que esa condición la comparten muchos de sus habitantes. La visité por primera vez y tuve el privilegio de vivir en ella entre 1990 y 1993, y desde entonces ha ejercido sobre mí una fascinación irresistible. Fascinación que se potencia por el hecho de haber sido relativamente testigo de los cambios extraordinarios que ha experimentado en tan solo veinte años.

Cuando viví en esta ciudad a comienzos de los noventa, el alcalde era David Dinkins, su primer burgomaestre afrodescendiente, toda una novedad. Era un alcalde gentil y cálido que comunicaba muy bien a todos lo que significa pertenecer a una minoría racial (lo que venía muy bien en Nueva York donde todas las etnias, blancos incluidos, son minoritarias). Como cualquier otro negro crecido en Harlem, padeció alguna vez el acoso de una policía de irlandeses y se mostraba compasivo con los miembros de su raza y los latinos, los sospechosos habituales de la ciudad. Esa sensación reconfortante de que en la Gran Manzana todos cabían, Dinkins la reforzaba en todas y cada una de sus actuaciones. Ese fue su gran mérito.

En el plano del gobierno en sí de Nueva York: ornato, orden y seguridad, criminalidad, servicios públicos y finanzas, Dinkins, no obstante su bonhomía, resultó un fiasco. La ciudad tenía problemas administrativos severos y el deterioro de la infraestructura que había sido orgullo de la metrópoli constituía una importante preocupación para los neoyorquinos. Particularmente preocupante era la criminalidad, que había crecido ante la crisis financiera y sus conflictos con la policía.

Recuerdo que en mi camino a la universidad me tocaba transitar por parte de Harlem, su calle 125, el ahora grato y próspero Martin Luther King Boulevard. No lo era para nada en aquellos tiempos. El mítico teatro Apolo, cerrado y casi en ruinas, presidía una avenida sucia, de negocios clausurados y llena de vagos y “buscalavida”. De día daba miedo pasar por ella y hacerlo de noche era impensable, aun para los estudiantes de “la mejor universidad de Harlem”. Así eran las cosas. La ciudad tenía sus zonas buenas, malas y malísimas, y se convivía con la inseguridad urbana como algo natural e inevitable, la externalidad fatal de una gran metrópolis.

Dos buenos alcaldes Rudolph Guiliani y Michael Bloomberg, en tan solo veinte años, cambiaron radicalmente esa realidad. La ciudad ha florecido en lo material a lo largo de ese período y tiene una de las tasas de criminalidad más bajas de Estados Unidos y el mundo para una urbe de sus proporciones. Se han rescatado áreas de la ciudad que antes eran ruinas y el valor de la propiedad inmobiliaria se ha multiplicado varias veces. En resumen, Nueva York es una ciudad muy distinta de la que conocí en 1990. Ahora es una ciudad próspera, consciente de su grandeza y volcada a mantenerla e incrementarla.

En esa misma medida se ha ido alejando de nosotros los venezolanos, y en particular de los caraqueños que en esos mismos veinte años hemos marchado en sentido diametralmente opuesto. La distancia con la Nueva York de estos tiempos se ha incrementado incluso en el plano geográfico, si pudiera decirse. Pero es que la simple obtención del pasaje para llegar a ella se ha convertido en una ordalía. Hace veinte años, había cinco vuelos diarios desde Caracas, incluidos uno de Viasa y otro de Avensa (claro en aquel entonces, aunque teníamos líneas aéreas, no teníamos patria).

Si existiera algún lugar de la Tierra donde diera la impresión de que el capitalismo se está desmoronando, definitivamente no es en Nueva York. Y no hace falta ser un economista de Columbia para saberlo, basta con entrar en un automercado cualquiera. La oferta de bienes y la capacidad de consumo de los neoyorquinos pareciera no tener límites. No solo se tropieza con los productos escasos y desaparecidos de nuestros anaqueles, sino con los muchos que por sofisticados ya no están al alcance de nuestra sociedad.

Esta experiencia de Nueva York es, sin embargo, esperanzadora porque nos enseña que no necesitamos de milagros para cambiar la horrible situación en la que Venezuela se encuentra. Bastaría dar con buenos servidores públicos, enfocados en los problemas reales de nuestro país y no enloquecidos por una ideología del siglo XIX que más fracasos no puede acumular. Por eso es crucial que votemos el 8 de diciembre por los candidatos de la unidad democrática, para desplazar a estos fracasados y comenzar a cambiar nuestra realidad. Podemos hacerlo y seguramente en menos tiempo que Nueva York.