• Caracas (Venezuela)

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Pedro Llorens

Ni un solo instante de inmortalidad

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El señor de los bigotes mencionó a no menos de cincuenta personalidades en el discurso leído en el Parlamento para oficializar su solicitud de una ley habilitante que le permita legislar durante un año, supuestamente sobre guerra a la corrupción y política económica.

Todavía novato en el arte de aparentar, apantallar, teatralizar, no tuvo la precaución de solicitar al negro (personaje anónimo que escribe para lucimiento y provecho de otro) que al lado de cada nombre difícil de pronunciar le pusiera entre paréntesis la forma práctica de leerlo, tal como hacen en México con los turistas gringos: para que puedan decir Xochimilco los mandan a decir such a milk cow… lo cual hubiera evitado no pocas sonrisitas burlonas en el hemiciclo ante los evidentes frenazos que metía el orador al llegar a muchos (demasiados) apellidos que lo dejaban (decía Quevedo) “tan en ayunas que podía comulgar”.

El negro le escribió dos horas de bobadas que alternaban alabanzas con insultos, mensajes de paz con proclamas de guerra, cursilerías con chabacanerías, especialmente en las pausas con reflexiones de la cosecha y del vocabulario del orador, como la que concluyó con la siguiente amenaza: “¡No me calo chantaje de ningún sector, voy con todo, prepárense!”.

Si algo caracteriza a este régimen, además de la incapacidad para gobernar (al funcionariado se le recomienda tomar whisky en vasos de cartón porque todo lo quiebra), es la presencia, en los cargos, desde el jefe del Estado hasta los alcaldes, todos con guardaespaldas y vehículos blindados, de verdaderos ejemplo de “guapos y apoyaos” que gozan de la más absoluta impunidad para retar, descalificar y calumniar a quien les venga en gana.

Lo grave no son  las palabrotas que profieren, que al fin y al cabo forman parte del léxico de los autodidactas callejeros, que debemos preservar, sino la arremetida de unos  léperos, disfrazados de puritanos, como el bigotón y su carnal ojitos, empeñados en convertir un llamado a la arrechera, lanzado por Capriles, en un hecho criminal al que incluso le han buscado víctimas (hecho comparable al de Thomas Bowdler, quien  publicó hace dos siglos la obra completa de Shakespeare limpia de palabrotas y pasó a la historia de la literatura inglesa como ridículo).

Para bigotón y ojitos, la virtud y el honor son solo palabras ante las que hay que cuadrarse, porque juntas forman parte del Himno Nacional y una, la segunda, pertenece a la divisa de la  Guardia Nacional… y qué más da: ninguno alcanzará un solo instante de inmortalidad.