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Elías Pino Iturrieta

Un cadáver divino

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Insólita pieza oratoria la de Maduro para pedir poderes especiales en la AN, no en balde constituye una arremetida contundente contra el régimen que preside y hereda. No sólo atacó los extravíos que en materia de ética han distinguido a la “revolución” bolivariana, sino también la propia palabra del Gigante que inspiró la gestión que lo tiene como sucesor. En su búsqueda de una autoridad escurridiza a la que apenas puede llegar a través de presiones y expresiones contraproducentes, ha terminado con la negación de la palabra sagrada. Destape de una realidad escandalosa a través de la confesión de quien ahora la preside pero, a la vez, divorcio del evangelio divulgado por el Cristo de los pobres, el texto es un elocuente signo de los absurdos tiempos que vivimos.

La solicitud de una ley habilitante busca, según dijo ante la Cámara, “revertir la lógica que hace que la corrupción se reproduzca cada día”. Loable propósito si se tratara de la inauguración de una gestión administrativa, mas no de la continuación de un camino de vagabunderías que ya lleva tres lustros con un solo grupo de dirigentes a la cabeza. Habló de corrupción, acaparamiento, especulación, contrabando y mercado de moneda ilegal, como si se tratara de situaciones sobrevenidas que se deben superar a través de medidas de emergencia. También habló del trabajo improductivo de la burguesía, por supuesto. No faltó la autocrítica en el discurso, pero las vestiduras apenas se rasgaron debido a su insistencia en un suceso sobre el que afincó la mayor parte de su petición: el cadivismo, un monstruo capaz de generar mil calamidades que han hecho de la corrupción un suceso corriente cuya raíz se debe secar mediante castigos ejemplares. Eso dijo, más o menos, pero conviene volver a las palabras del Gigante para calcular la abismal distancia que ahora pretende Maduro establecer con el padre de la criatura.

Volvamos a las palabras del Gigante sobre el tema, pronunciadas en su Aló, Presidente del 16 de septiembre de 2003. Dijo entonces el Gigante: “Cadivi es un ejemplo de transparencia y de lucha contra la corrupción, se ha convertido Cadivi en un instrumento de lucha contra la corrupción. En cambio, los regímenes anteriores de control de cambios se convirtieron en instrumentos para amparar y potenciar la corrupción. Ahora no, Cadivi está siendo instrumento de lucha contra la evasión fiscal, contra la evasión aduanera, contra declaraciones de impuestos fantasmas, contra la evasión de compromisos, y, sobre todo, un trabajo cristalino. Aprovecho para felicitar a Edgar Hernández Behrens, el presidente de Cadivi, y a todo su personal”. Y agregó sobre la gloriosa institución: “Los sectores golpistas, desestabilizadores, y esta oposición furibunda, jugó (sic) al fracaso de Cadivi. Bueno, alguien alguna vez dijo que era un cadáver divino: Cadivi. No, no es ningún cadáver, es un cuerpo viviente. Lo que pasa es que algunos querían, cuando ellos vieron que ya venía el control de cambios, querían otro Recadi, para amparar las corruptelas aquellas de Recadi. Hasta ahora y, Dios mediante, va a seguir siendo así, nadie puede… ¿Cuánto tiempo tenemos ya de control de cambios, Jorge?”.

¿Nadie puede? Ahora la pregunta no la debe responder Jorge, sino Nicolás, y ya sabemos lo que opina del “cadáver divino”. Lo expresó en cadena nacional. Si no es un cuerpo muerto, de acuerdo con lo que dijo, es un organismo pestilencial que ha creado un hábito de corruptelas frente a las cuales se requiere el urgente remedio de una ley habilitante. Las afirmaciones de Maduro crean un serio problema a la liturgia del Gigante, a la religión del Cristo de los pobres que se ha colocado como fundamento de la “revolución” en su segunda fase. No sólo porque reconocen el fracaso de sus profecías, la falsedad de sus afirmaciones sobre las realizaciones del proyecto “revolucionario”, sino especialmente porque, a la fuerza, le atribuyen el origen de un monstruo que, ha dicho el peticionario, ha provocado un desangramiento económico “fascista”.

Tanto se ha empeñado Maduro en el ejercicio de un poder inmerecido, que echa a la basura la palabra del Gigante. Tanto busca lo que no le corresponde, que olvida la Biblia del Padre sobre la cual juró cuando ascendió a la Presidencia. Menudo problema, no sólo a la hora de contar los votos en la Cámara y de convencer a la ciudadanía en general, sino también cuando deba comparecer ante los acólitos del líder muerto a quien se ha presentado como irrebatible e infalible.