• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

El último que apague la luz

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El país va de mal en peor. El Gobierno no termina de salir del laberinto en que se encuentra. El dólar se ha convertido en un fetiche perverso que afecta la vida de todos los venezolanos en un país que importa de todo para cubrir sus necesidades. De allí que el sistema cambiario es un laberinto indescifrable. Todos los días se anuncian medidas complementarias que terminan siendo ineficientes a los efectos de mantener el valor de la divisa norteamericana en niveles más o menos razonables. Misión imposible…

La paralización y el deterioro lo perciben todos los estratos de la población y el malestar social se acrecienta aceleradamente. Todo parece indicar que la situación se agrava con el correr de los días. Ya no es suficiente salir en volandas a casa de los chinos a pedir más créditos (amarrados, por lo demás) porque en otras latitudes se los niegan. Aun cuando todavía Maduro tiene cierta flexibilidad para moverse, las opciones son cada vez más reducidas y los sueños de la revolución bolivariana se diluyen en el marasmo de la estulticia.

El salvavidas económico chino es temporal, además de que, con la corrupción destapada en la administración del fondo anterior, estos se ponen más quisquillosos e imponen requisitos y exigencias que les garanticen, de alguna manera, una operación más eficiente, disciplinada y apegada a normas administrativas (algo casi imposible de lograr en el marco de despelote que ha caracterizado el manejo de los dineros públicos por parte de la administración chavista). De otra parte, estos préstamos se negocian con una opacidad que les da un manto de clandestinidad, aunque son operaciones financieras que, por su naturaleza, deberían ser del dominio público, al tratarse de asuntos de interés nacional. Incluso, deberían ser discutidos y aprobados por la Asamblea Nacional.

La procesión va por dentro, en un aparente aire cargado de pasividad. De allí, las reiteradas alusiones a conspiraciones, golpes de Estado, guerra económica, etcétera, que el oficialismo le atribuye a la oposición, cuando es una verdad de Perogrullo que las armas las tienen bien amarradas los militares. En ninguna parte del mundo los golpes los dan los civiles, si acaso han tenido una participación secundaria, plegándose a quienes detentan constitucionalmente el monopolio de la fuerza.

Ahora bien, si se habla de una rebelión popular, es harina de otro costal. Éstas, generalmente, surgen de las entrañas del propio pueblo, cuando se siente engañado, traicionado y frustrado por quienes usufructúan el poder despreciando a la opinión pública. En estos casos nunca se sabe cuándo ni por dónde salta la liebre, como ha quedado históricamente demostrado. Son movimientos arcanos inherentes a la propia naturaleza y voluntad de la gente. Sin embargo, esa no parece ser la realidad actual, en la cual más bien la anomia, la costumbre y la indiferencia parecen reinar, al menos, por ahora.

Las declaraciones de Diosdado Cabello sobre el tema, en términos amenazantes, buscan dar la impresión de que él es el sustento de Maduro; aun cuando, a veces, envía mensajes encriptados que podrían tener diferentes interpretaciones. Pero, en fin, ellos son rojos y se entienden…

A todo lo anterior hay que añadirle las elecciones municipales del próximo 8 de diciembre, en las cuales la oposición podría obtener una victoria trascendente, lo que de hecho significaría un escenario político favorable para el año 2014. La última encuesta de Keller (tercer trimestre de 2013) muestra cifras impactantes que dan cuenta del cansancio y desapego del pueblo chavista. El apoyo al Gobierno va palo abajo y eso lo saben en el PSUV.