• Caracas (Venezuela)

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Elizabeth Fuentes

Chávez casi vive

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Uno está cada vez más gordo, producto de eso que llaman la buena vida, típico del nuevo rico. El otro, en la misma medida, exhibe sin vergüenza alguna su ignorancia, responde con represión a quienes no lo quieren, le tiene pánico a que se sepa dónde cipote duerme y cita autores que jamás ha leído. Por cierto, y valga el paréntesis, ¿ya habrán desmontado de Miraflores al grupete que se encargaba de reducir a dos o tres paginitas las obras completas de Noel Chomsky o las teorías económicas de Stiglitz solo para que el cadáver insepulto luciera como un intelectual?...

Sigo: el gordito habla golpeao, atropella, insulta, maltrata y jura que se la está comiendo con eso. Cuando hace un chiste malo obliga a que sus inferiores se rían y nadie, pero lo que se dice nadie, sabe exactamente a cuánto asciende su patrimonio. Se siente guapo y apoyao (quince años de jalabolismo todo lo pueden), pero a la hora de la chiquita, si se encuentra realmente amenazado, pone los pies en polvorosa y pide auxilio a cualquier multimillonario burgués capitalista que lo quiera acoger para que lo enconche mientras pasa la tormenta, a cambio de que, ante cualquier eventualidad, no se entrometa en sus negocios. El otro luce inseguro, con ojeras muchas veces. Como si le fallara alguna dosis de algo, con la misma cara de “yo no fui” que puso el cadáver insepulto cuando la catástrofe de Vargas o la tragedia de Amuay, como diciendo: “¿Y qué tengo yo que ver con eso?”. A veces trata de ser chistoso, pero no le siente bien la imitación porque en el partido nadie le ríe mucho la gracia y más bien lo envidian horrible porque saben que está en ese santo lugar gracias a que un desgraciado azar se le atravesó en la vía. Eso sí: no sabe respetar compromisos y mucho menos ser leal a quienes lo auparon hasta donde se encuentra. Dicen las malas lenguas que se tiñe el cabello porque, como al cadáver insepulto, no le gustaba el look de hombre canoso que lo hacía ver mayor y como desgastado, nada bueno para mantener a la audiencia enamorada.

En cambio, al gordito le importan un bledo las apariencias. Sube de peso sin angustia alguna y no le importa que el cuello de lo que se ponga no le cierre. Sabe que, aunque se ponga un Armani hecho a la medida, siempre parecerá un Pérez Jiménez sin cachucha, pero mucho peor rodeado. Como Pérez Jiménez, defiende sus privilegios a punta de amenazas, torturas y terror, pero quienes le conocen sabe que no vacilará en montarse en un avión a la carrera, solo que sin dejar ni una maletica de dólares mal puesta por ningún lado. Se aprovecha de la poca astucia e inteligencia del otro para usarla a su favor. Sabe actuar, poner zancadillas y meter casquillo. Le encanta que le tengan miedo, que se le cuadren a su paso. Anhela la época cuando las dictaduras militares ondeaban impunemente en toda América Latina y se protegían unas a otras a punta de ideología y no como lo hacen ahora los corruptos que gobiernan en las vecindades, a punta de dólares y petróleo regalado, qué papaya.

El otro está tan desubicado que jura que esas lealtades son políticas y se cae a cobas frente al espejo sin imaginar ni por un segundo que, haga lo que haga, está de paso y la poca huella que pueda dejar, será de sangre, sudor y lágrimas.

Dicen que la definición de matrimonio es cuando las dos peores partes de dos personas se juntan y, entre ambos, fabrican una. Lo mismo podría decirse de estos dos personajes: juntos, hacen un Chávez, con todo y su bipolaridad. Aunque su tragedia –y nuestra venganza– es que jamás podrán vivir el uno sin el otro porque pasarían a ser solamente la mitad de un hombre.