• Caracas (Venezuela)

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Manuel Felipe Sierra

Brasil en la calle

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Son tiempos de revueltas y protestas en el mundo entero. La Primavera Árabe que comenzó en Túnez en 2010 tuvo un inevitable impacto en los países del Magreb y del Medio Oriente. Sus resultados ya se conocen. Más allá de la muerte de Muamar Gadafi en Libia y el sangriento conflicto de Siria con la impresionante cifra de más de 100 mil muertos en dos años y todavía sin fórmula para sustituir a Bashar al-Assad, los países que han vivido estas oleadas no han logrado mayores cambios para sustituir regímenes autocráticos e imponer la democracia. Más aún, en algunos de ellos los resultados han sido regresivos.

Sin embargo, dejan una clara lección: vigorosos sectores jóvenes y de clase media con el uso de las redes sociales han apostado a la modernidad y comprobado la eficacia de estos nuevos instrumentos de comunicación. En cambio, las protestas que desde hace dos semanas se registran en Brasil, se emparentan sin duda con las movilizaciones que se generan en otras áreas del planeta, pero tienen una diferencia fundamental: ellas no se dan por razones puramente políticas como la demanda para la renuncia de un mandatario, sino que se soportan en reclamos para la solución de problemas que afectan a sectores sociales que en términos significativos han salido de una pobreza ancestral.

Por otra parte, la presidenta Dilma Rousseff ha manejado con inteligencia y habilidad una situación que inicialmente hubo de sorprenderla. No recurrió como es costumbre en estos casos a una represión extrema que inevitablemente provoca niveles de violencia sino que por el contrario abrió las compuertas para el diálogo y las aproximaciones con las organizaciones en la calle. Como remate propuso la vía de la consulta (plebiscito, referéndum o constituyente) pero en todo caso una manera civilizada y profundamente democrática de abordar las crisis. Serían entonces los brasileños quienes en definitiva decidirían mediante el voto el rumbo de una reforma que promete respuestas puntuales a las demandas de millones de ciudadanos.

Si otros sacudimientos han conducido a la fuga de dictadores o a la muerte de éstos como en el caso de Gadafi o han estimulado la guerra civil y la conflictividad internacional como Siria, en este caso Brasil ha dado el ejemplo de cómo unas exigencias legítimas y justas y que seguramente no serán plenamente satisfechas, pueden abordarse de manera consensuada. El gobierno de Rousseff, que es la continuación de las gestiones de Lula y los gobiernos de Luis Henrique Cardozo en los años 90, contribuiría de esta manera a dinamizar un modelo que sólo tiene vigencia y se consolida en la medida que sea capaz de entender, como sostiene el polaco Lech Walesa, que la democracia es un sistema que se “construye todos los días”.