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Elías Pino Iturrieta

El “Boudougate” y nosotros

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El caso de Amado Boudou, vicepresidente de Argentina, ha copado el espacio mediático. Boudou parece involucrado en un caso de corrupción que lo ha llevado a los tribunales en medio de la expectativa general. Es la primera vez que la justicia convoca a un funcionario de su estatura mientras ejerce el cargo. Fue el político escogido por Cristina Kirchner como compañero de fórmula en las elecciones de 2011. Alguien del entorno más encumbrado, pero también un personaje atractivo por su afición al rock y a los espectáculos masivos. De tales ingredientes se deduce lo llamativo del asunto y se augura una tempestad de detalles capaces de engordar el escándalo. No se comenta ahora lo sucedido para echarle más leña a una candela que arde por propia combustión, sino solo para hacer una analogía con la vida venezolana de nuestros días que puede tener utilidad.

Los periodistas han tenido especial responsabilidad en la denuncia y en el seguimiento del probable delito. Junto con un grupo de diputados de la oposición, asomaron las primeras evidencias del curioso trajín del vicepresidente y formaron un expediente que, por el volumen de su contenido y por su pública difusión, llamó la atención de un juez federal y provocó la realización de una audiencia indagatoria sobre cuyos detalles no se ha reservado nada, o casi nada, en los medios radioeléctricos y en la prensa escrita. Los ciudadanos del país, pero también los del extranjero, han conocido los pormenores de una trama que salpica a las altas esferas. El gobierno guarda silencio, como era de esperarse ante la investigación de un individuo cercano a la presidente, pero los voceros de la oposición y los escribidores independientes han dicho sin trabas lo que les ha parecido.

Después de la primera fase de la indagatoria, un par de periodistas entrevistó a Boudou en su despacho para que opinara sobre el asunto. No hicieron una entrevista complaciente, como pudimos ver a través del cable. Llevaban preguntas incómodas y las desembucharon a placer. Ante cada respuesta volvían con nuevas inquietudes, con audaces puyas que debieron hacer roncha en el pellejo del hombre a quien acosaban sin perder la circunspección, no en balde se metían en un asunto espinoso que requería tratamiento comedido. Guardaron las formas ante la segunda figura del Ejecutivo, pero preguntaron lo que debían preguntar porque su trabajo consistía en buscar la parte de la verdad que seguramente saldría de la versión del entrevistado. Antes y después del encuentro de Boudou con esos periodistas, en los programas de opinión y en los periódicos habituales se dijo lo que consideraron adecuado los opinadores, se dio espacio a los comentarios de los espectadores y no se ahorraron referencias a los probables cómplices, gente de poder económico en Buenos Aires y en las provincias, y a la posibilidad de que la presidente y su difunto esposo estuvieran enterados de los turbios manejos que se ventilaban.

¿Existe en Venezuela la posibilidad de que los medios manejen un caso semejante, sin ningún tipo de trabas? ¿Imaginan ustedes la ocasión de presenciar una entrevista con el vicepresidente, o con cualquiera de los ministros, sobre casos de corrupción en los que puedan estar comprometidos? Las entrevistas, aquellas que pueden calificarse de entrevistas llevadas a cabo con responsabilidad y seriedad, se han hecho cada más infrecuentes. Con honrosas excepciones, se han remplazado por sesiones bobaliconas en las cuales no se toca al entrevistado ni con el pétalo de una rosa, en especial si se está frente a los burócratas de la “revolución”. Como los “revolucionarios” no permiten que el sol caliente sus trapitos, los reportajes de investigación sobre la marcha del gobierno se hacen en medio de gigantescas dificultades. Si los periodistas hacen su trabajo, como hoy en Argentina, se busca la manera de asfixiar a los medios a los que están adscritos, a través de presiones groseras o mediante escandalosas operaciones de compra-venta cuyo único objeto es el cercenamiento de la libertad de expresión.

¿Se puede encender aquí la mecha de algo parecido al “Boudougate”? Antes de contestar, conviene indagar sobre las razones de Televen para eliminar el programa de Luis Chataing.