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Antonio Ecarri Bolívar

Borges: ¿otro Calvo Sotelo?

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Julio Borges, el joven líder parlamentario del partido político Primero Justicia y de la MUD, pudo haber muerto el día jueves de la semana pasada cuando fue agredido salvajemente por hordas oficialistas. A Julio le fracturaron el tabique nasal, pero ese golpe, con un tubo de metal, si le atina a dar en el cráneo lo hubiera matado. ¿Qué hubiera pasado en Venezuela si el homicida frustrado se hubiese salido con la suya y le causa la muerte a uno de los más importantes líderes de la oposición venezolana? Las consecuencias hubiesen sido terribles, quizás pudo ocurrir el desmadre que muchos hemos alertado y pocos han comprendido. 

Nadie tiene la bola de cristal que pueda decirnos lo que pudo haber ocurrido en Venezuela si hubiese acaecido ese desenlace fatal, que nadie en su sano juicio puede desear, pero fue un hecho notorio comunicacional pues las gráficas dejaron constancia del enajenado blandiendo el tubo de metal que le pudo segar la vida a un hombre de talento y de talante pacífico y democrático.

Estuve presente en la sesión de la Asamblea Nacional donde Julio acudió, herido, a cumplir con su deber de asegurar el quórum para que se realizara aquella sesión, pero lo que me conmovió e hizo admirar más de esa joven promesa de la política venezolana, fue el discurso tolerante, de altura y sosegado, cuando aún sangraba por la herida que le había causado el insensato agresor. Esa atinada exposición hizo que los parlamentarios presentes le aplaudiéramos de pie en reconocimiento a su valentía, pero sobre todo a su equilibrio emocional poco previsible en un joven de su edad. Los parlamentarios oficialistas, a decir verdad, rechazaron la salvajada, aunque con reprochable timidez.

En España ocurrió en 1936 un hecho parecido, pero con un desenlace fatal: el asesinato del diputado monárquico José Calvo Sotelo, que constituyó uno de los detonantes de la guerra civil española que dejó, como espeluznante saldo, la bicoca de 500.000 muertos, aunque José María Gironella habla de un millón, porque asegura que es menester incluir, en esa macabra contabilidad, a los victimarios que constituyen otro medio millón de muertos en vida.

El asesinato de Calvo Sotelo fue realizado por unos personajes relacionados con los socialistas. El grupo fue liderado por Fernando Condés, capitán de la Guardia Civil española e instructor de las milicias socialistas. Él había reclutado a un grupo de compañeros y tenían la firme intención de vengarse, siguiendo la ley del Talión, del asesinato de un compañero días antes. En efecto, el día 12 de julio de 1936, grupos falangistas asesinaron a tiros a José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto y conocido militante socialista.

Poco antes de su asesinato Calvo Sotelo pronunció un discurso memorable, en las Cortes españolas, considerado como premonitorio de su muerte. Allí dijo la frase que lo inmortalizó: “es preferible morir con gloria que vivir con vilipendio”. Se dice que Doloris Ibarruri “la Pasionaria”, diputada comunista, pronunció otra frase terrible más amenazante que premonitoria: “Has hablado por última vez”.

Después del asesinato de Calvo Sotelo se inició una verdadera razzia de lado y lado, la gran mayoría realizadas por pistoleros falangistas, socialistas o comunistas, que atacaban y vengaban a compañeros caídos anteriormente. He allí el peligro de un asesinato político: el que aparezcan los pistoleros del otro lado que procedan a vengarse y así se inicia el camino sin retorno de la guerra fratricida que los sensatos queremos evitar, en Venezuela, a todo trance.

Demos gracias a Dios que la agresión contra Julio no dejó huérfanos a sus hijos ni enlutó a Venezuela, pero la violencia desatada por el régimen, no solo contra Julio, sino contra toda protesta cívica, más que un crimen aislado puede constituir la estupidez que desate una confrontación que estamos obligados a evitar. Los radicales son unos insensatos que deben ser frenados y derrotados políticamente. De lo contrario, si se imponen, no solo descalabran a Julio Borges sino a toda Venezuela.

Indalecio Prieto lo alertó en España, a la muerte de Calvo Sotelo; no le hicieron caso y vino la guerra. Nosotros queremos preverlo, aquí y ahora, para evitar una tragedia similar y luego sentarnos a dialogar, después de que cesen los disparos, sobre unas muertes que se pudieron evitar. Los españoles, “civilizadamente”, dialogaron después del millón de muertos. Yo quiero dialogar antes de que sea demasiado tarde. Suenan los tambores de la guerra. Y cuando el río, o el tambor, suenan…

 

aecarrrib@gmail.com

@EcarriB