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Sadio Garavini Di Turno

Bonapartismo apátrida

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En política exterior, el término “bonapartismo” se refiere a una política exterior expansionista y megalómana, que más allá de los objetivos específicos de prestigio, persigue conscientemente el fin de consolidar el régimen y debilitar la oposición interna. En efecto, se considera que el gobierno se fortalece con el prestigio que se adquiere con sus “éxitos” en el sistema internacional, mientras sus adversarios son debilitados, haciéndolos aparecer como traidores de la patria e instrumentos del enemigo, la política exterior se convierte también en una válvula de escape para las tensiones internas creadas por un régimen despótico. La política exterior del chavismo puede ser catalogada como un bonapartismo que, al magnificar erróneamente el poder del Estado, determina la fijación de fines que van mucho más allá de la capacidad efectiva venezolana con el consiguiente despilfarro de recursos escasos necesarios para el desarrollo interno. Otra característica del legado de Chávez en política exterior es el “ideologismo” marxistoide. Rómulo Betancourt, refiriéndose a las relaciones con Estados Unidos, dijo en los años sesenta que tenían que ser “sin sumisión, ni desplantes”. En la actualidad tenemos constantes desplantes retóricos con Estados Unidos y sumisión vergonzosa a la Cuba comunista. Se utiliza la vieja receta cubana del “antiyanquismo” retórico, con la imagen del enfrentamiento “heroico” entre David y Goliat. El antimperialismo ha sido una estrategia tradicional de las dictaduras tercermundistas: levantar la bandera de la soberanía nacional para ocultar las violaciones de los derechos humanos. En la práctica se trata de un falso nacionalismo, por eso el “apátrida” desinterés por defender nuestros derechos sobre la fachada atlántica y el Esequibo, frente a las renovadas aspiraciones expansionistas del actual gobierno guyanés, que pone en peligro hasta la proyección atlántica del Delta del Orinoco.

El chavismo afirma estar a favor de un mundo multipolar. Sin embargo, que el sistema internacional sea unipolar, bipolar o multipolar no depende de la voluntad de ningún Estado. La estructura del sistema internacional depende de múltiples variables y de las circunstancias históricas. Al desintegrarse la URSS en 1991 se acabó el sistema bipolar de la Guerra Fría y por un tiempo hubo un “momento unipolar” alrededor de Estados Unidos, pero ya al inicio del milenio con el surgimiento de China, en particular, pero también de la India y de los países del Asia en general, el retorno de Rusia al escenario y la presencia de la Unión Europea se consolidó un sistema básicamente multipolar.

El presidente Chávez, con el control de todas las instituciones del Estado, el relevante apoyo popular que mantuvo por años y el inmenso ingreso petrolero,  el más alto y sostenido de la historia de Venezuela, tuvo una extraordinaria, histórica y probablemente única oportunidad para encaminar al país hacia el desarrollo autosustentable y no dependiente de la renta petrolera. En política exterior tuvo también la oportunidad de concluir positivamente tanto nuestra reclamación de la Guayana Esequiba como el diferendo con Colombia.

Octavio Paz decía que la ceguera biológica impide ver, pero que la ceguera ideológica impide pensar. Efectivamente, la ceguera ideológica neocomunista del “comandante eterno” le impidió pensar en los intereses permanentes del Estado venezolano. En cambio de seguir los modelos exitosos de la centro-izquierda de Fernando Henrique Cardoso y Lula en Brasil y de la Concertación chilena, la ceguera ideológica y el militarismo del difunto caudillo nos legó una profunda y grave crisis socioeconómica y política. Tengo la esperanza de que la ceguera ideológica no sea total entre los miembros del gobierno venezolano, incluidos los integrantes de la Fuerza Armada.