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Edgardo Mondolfi

Bolívar a pie

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En 1815, arrepentido de apoyar a Bolívar ante el Congreso de la Unión, un neogranadino lo bautizó en sus cartas como “el ermitaño de Jamaica”, sabiendo que el caraqueño se hallaba confinado sin recursos en aquella isla del Caribe inglés. Pero además expresó el deseo de que nunca saliera de su retiro a fin de que no volviese a poner en peligro a la causa insurgente. Así es como el historiador colombiano Daniel Gutiérrez Ardila resume, mediante el testimonio de un contemporáneo, la derrota de Bolívar y el repudio del cual era objeto durante esa coyuntura. Huyendo de Cartagena, Jamaica se convirtió en otro exilio, el más penoso de todos.

Para otro historiador, en este caso John Lynch, la escala en aquella isla fue un paraíso devenido en purgatorio. Sin un duro, sin un maravedí, como él mismo lo confiesa en sus epístolas de la época de Jamaica, arrojado de la pensión donde se alojaba y acosado por la casera que amenazaba con denunciarlo ante un juez de la isla, no es precisamente esta la imagen de Bolívar que la posteridad se ha hecho cargo de atesorar.

Punto más bajo, si lo hubo en la vida del Libertador, fue aquel forzado tránsito por Kingston que el director Luis Alberto Lamata ha querido convertir en el tema de su más reciente película. Bolívar, el hombre de las dificultades, que cuenta con el apoyo de la Villa del Cine, tiene, entre otras intenciones, la de colocarnos como espectadores a sideral distancia de un Bolívar hecho de sustancia épica. Y como no existe épica sin caballos o aperos militares, lo primero que llama la atención de la película es que estamos en presencia de un Bolívar que viste de civil, que deambula sobre sus dos piernas por las calles empedradas de Kingston y que se bate en ocasionales duelos de esquina con sus detractores políticos o con los agentes que el Pacificador Pablo Morillo ha despachado desde tierra firme para mantenerlo vigilado.

Al mismo tiempo, junto con los conmovedores rasgos que se desprenden de sus penurias jamaiquinas, sobresale algo fundamental en la película: Bolívar se ve retratado aquí como uno más del elenco insurgente, como alguien que debe ganarse todavía el apoyo de otros actores indispensables para la causa y competir con ellos en su mismo terreno y su mismo lenguaje. Recreado así por Lamata, se trata del Bolívar que le da pleno sentido a lo que alguna vez dijo Mariano Picón Salas cuando afirmaba que el Libertador llegó a ser mucho más eficaz con la palabra que con las armas que portaba encima.

El film de Lamata tiene también algo inusual y es que, en lugar de mostrarnos a un Bolívar abultado cronológicamente, se ciñe apenas a ese fragmento de su vida que transcurre entre la amarga residencia de Jamaica y cuando ya, con los primeros días de 1816, se dispone a embarcar y probar suerte en Haití. Esto convierte a la película en una especie de relato que exhibe, gracias a las destrezas del director, toda la economía propia de ese género literario. De hecho, por el tema y la brevedad que allí logra alcanzar, el trabajo de Lamata recuerda en algo al cuento de Álvaro Mutis titulado El último rostro

Ya desde sus primeros metros, la película promete mucho por su reparto actoral, especialmente por el convincente papel que interpreta Roque Valero, y las estupendas locaciones en las que fue rodada. La prueba de que se trata de una película interesante es que no discurre ni termina como casi todas las demás que se han hecho sobre Bolívar.