• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

De un Bolívar devaluado a uno sobrevalorado

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Libertador comienza con un dinámico y portentoso plano secuencia. La cámara sigue al protagonista de espalda, como en Elephant de Gus van Sant, mientras el personaje va despojándose de su uniforme. Es de los mejores momentos de la película.

Así, el filme anticipa el desvelamiento de un misterio, de un mito oculto por la versión oficial de la historia. Pero la ilusión de los primeros minutos dura poco, se desvanece en el aire.

Acto seguido, la película volverá a confirmar las tesis del cine bolivariano de los últimos años, aunque con el presupuesto de un blockbuster europeo.

Es decir, más dinero para ilustrar, como un álbum de cromos parlantes, la vieja épica del padre fundador de la patria. Un peligroso culto a la personalidad instaurado, con fines proselitistas y propagandísticos, por parte de los gobiernos del vano ayer, hasta llegar al extremo de la glorificación caudillesca del siglo XXI.

Sustento del poder y tapadera de la realidad conflictiva de los tiempos contemporáneos.

Nada como la apelación a los afectos y semidioses del tabernáculo del pasado, para buscar la armonía y la paz social de los ánimos caldeados del presente.

La fórmula dista de ser original. Stalin la patentó con Alexander Nevsky e Iván el Terrible,  después de descartar el patrón colectivo de La huelga y Acorazado Potenkim.  

Ya no era útil la consagración mediática de la masa como carne de cañón, como detonante de la rebelión general. La gente podía coger la costumbre, copiar el ejemplo y pasarle factura al dictador. Entonces el Koba necesitaba de un espejo, donde admirar y proyectar su efigie de patriarca absoluto, de contenedor de la crisis, de pivote de la nación.

Mutatis mutandis, el llamado “proceso” conoció una evolución similar, inaugurándose con la producción de gestas corales (El Caracazo), para luego dedicarse a consolidar el imaginario del paseo de los próceres, con el objetivo de apuntalar las campañas políticas del comandante.

De tal modo, vieron luz las fallidas versiones de ZamoraMiranda y El hombre de las dificultades, por citar solo algunas. Del grupo, apenas se salva Taita Boves, por cierto.  

Allí pues se enmarca el estreno de Libertador, nuevo eslabón de la mencionada cadena y un intento por cerrar con broche de oro un ciclo de despropósitos audiovisuales, alrededor del tema.

Para ello, la obra convoca a una serie de talentos nacionales e internacionales. Sin embargo, la suma de fichajes de lujo no llega a garantizar la consistencia del producto final, dividido entre las discutibles licencias autorales y los paisajes habituales del género épico.

Entrando en materia, hablemos de las interpretaciones. Por un lado, las mujeres son convincentes en sus papeles. Por el otro, los caballeros cargan con el lastre de sus pelucones, de sus diálogos solemnes, de sus respectivos estereotipos de buenos y malos.

Monteverde, Rodríguez, Ribas y Sucre lucen acartonados y teatrales. Para mayor inri, siempre declaman frases manidas de telenovela. El tono pedagógico del parlamento es un hueso duro de roer.

Del elenco, rescatamos las contribuciones de Juvel Vielma y Danny Huston. Las intervenciones de ambos cautivan y atrapan la mirada del espectador. Con Miranda ocurre lo opuesto. El don Francisco de Arvelo es una caricatura pintada con brocha gruesa. No fue una decisión acertada escoger a Manuel Porto para encarnarlo, sobre todo por su acento cubano, difícil de disimular. Además, merecía un tratamiento distinto, menos binario.

A diferencia de la biografía de Diego Rísquez, Libertador justifica la traición de Bolívar a Miranda, reducido a la estampa de un anciano decadente y panzón. Un asunto complejo se despacha con ligereza.

En cuanto a Edgar Ramírez, su performance es muy superior a la de Roque Valero en El hombre de las dificultades. No obstante, el tamaño del compromiso también lo desborda, a merced del tono discursivo y melodramático del libreto.

A punta de arengas y sermones, lo transfiguran en un álter ego de los candidatos populistas del PSUV, empuñando banderas desgastadas, entonando consignas trilladas.

Lo preferimos en los intervalos de distensión, rodeado por sus amantes, perdido en la selva, retozando en el césped con su esposa. Verlo recitar versos manidos es un retroceso a su época de Cyrano Fernández.

Por supuesto, hay un sano empeño por humanizarlo a través del guion, firmado por el escritor de Los niños del hombre. Descubrimos sus debilidades, sus errores, sus defectos, sus caídas, pero de forma anecdótica y superficial.  

De hecho, la demagogia y el sentimentalismo empañan la construcción del argumento. Al respecto, cabe recordar las escenas de la Negra Hipólita y la del niño con las botas.

El subrayado musical de Dudamel alimenta el caldo de cultivo kitsch. La composición suena a un remix de clichés orquestales.

A su vez, el texto propone una estructura circular, hilvanada por secuencias cronológicas. El deseo de abarcar mucho impone límites a las acciones. Da la impresión, por ratos, de presenciar una sucesión de viñetas irregulares y esporádicas. Por tanto, los personajes carecen de dimensión.

El arte, los efectos, la producción, el sonido y la edición derrochan oficio. Nos creemos el ambiente, el entorno, la atmósfera.

Afortunado el contemplativo y abstracto segmento invernal en los Andes.  Las alocuciones sobran. Las imágenes aportan un contenido denso y sombrío.

Luego, las arengas, las explicaciones y los diálogos predecibles acompañarán la travesía del espectador hasta el desenlace.

La dirección bebe de las fuentes del qualité español, francés y hollywoodense. Un perfil clásico, a menudo anticuado.

Las batallas emulan un formato conocido y experimentado en piezas como Corazón valiente.

La fotografía es eficiente en interiores y exteriores.

La moraleja defiende la gesta independentista del héroe mesiánico, a quien convierten en víctima de una conjura internacional.

El trasfondo proyecta la figura de un espectro contemporáneo: el miedo a la utopía inconclusa, el temor de vivir en una patria asolada por el fantasma de la guerra civil.   

Por regla general, Libertador cincela una estatua de bronce, acorde con el modelo 3D diseñado por la revolución bonita, amén de sus teorías conspirativas y antiimperialistas.

De allí la impronta de una conclusión inverosímil y paranoica, descartada por los estudiosos de la academia.

Se pretende ponerle el pecho a un cierre rompedor y polémico. En realidad, es conservador y contribuye a la confusión del público. Gustará a la clase dirigente. Por lo pronto, parece extinguir un filón, el de la divinización de Bolívar. Para las generaciones de relevo solo queda un camino posible: modernizar la tendencia por medio de la deconstrucción.

No hace falta otro Bolívar de Wikipedia en pantalla grande.

Con 50 millones de dólares se pudieron hacer cientos de versiones, al estilo pobre del cine átomo. Por desgracia, así no funciona el pensamiento único. Es el problema de las hegemonías de la comunicación.