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Jorge Castañeda

Blindarse de Trump

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Con los resultados de las elecciones primarias del martes en Estados Unidos, se despejan buena parte de las incógnitas ante la presidencial de noviembre de este año. Salvo algún contratiempo jurídico, la candidata demócrata será Hillary Clinton y llegará relativamente intacta a la convención de su partido y al inicio de la campaña en septiembre. Del lado republicano, aunque subsiste una remota posibilidad de que Donald Trump no sea el candidato, todo indica que posee ya la suficiente inercia y número de delegados que le garantizan la postulación.

No se puede descartar que un “compló” impida la llegada de Trump, pero el costo para el Partido Republicano sería superior a cualquier beneficio. De ahí que convenga reflexionar sobre las probabilidades que tiene de vencer en los comicios de noviembre y lo que sectores que a él se oponen pueden hacer para impedir su victoria o para blindarse contra sus consecuencias.

Trump ha resultado ser un candidato más potente de lo que se esperaba, gana entre los votantes blancos de la tercera edad, conservadores y de bajos ingresos, pero también en estados como Mississipi y Carolina del Sur, en ciudades como Chicago, donde el electorado es todo menos eso. Desde su triunfo en el estado de Michigan, atrajo los sufragios de los llamados “demócratas de Reagan”, votantes de un condado como el de Macombe, en las afueras de Detroit, donde en 1980 trabajadores sindicalizados de la industria automotriz que votaban por el Partido Demócrata desde los años 20 cambiaron de banda y votaron por el republicano ultraconservador de California. Ese es uno de los peligros que representa Trump.

Asimismo, ha podido apoderarse del discurso proteccionista en respuesta a los agravios reales que la globalización le ha infligido a un sector importante de la clase obrera norteamericana, y ha orillado a un partido que tradicionalmente simpatizaba con el libre comercio a oponerse de manera creciente al mismo. Eso en Estados Unidos de hoy le puede permitir despojar a Clinton de un número significativo de votos.

De tal suerte que quien crea que Trump está condenado a la derrota se equivoca, al igual que se equivocaron quienes pensaban que jamás obtendría la candidatura republicana, y quienes piensan que de ser elegido a la presidencia no haría lo que ha dicho que va a hacer.

Para países como el nuestro, y otros, la disyuntiva es desgarradora. Quedarse callados, rezarle a la Virgen de Guadalupe o resignarnos ante el wishful thinking de que no va a ganar, si gana no va a hacer lo que dice, y si lo hace no nos va a afectar. La alternativa, a saber, hacer lo posible para tratar de impedir la victoria de Trump, luego blindarse lo mejor posible contra sus consecuencias y después incorporar al cálculo electoral de 2018 el factor externo por primera vez en la historia moderna de México, es una aventura audaz pero peligrosa. De ahí la pregunta más importante: ¿Qué tipo de mandatario le conviene al país en esa coyuntura, altamente hipotética, pero no imposible? Una visión optimista en vista de nuestra tradicional introspección: qué bueno que por fin se habla en México sobre las elecciones en Estados Unidos.