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Valentina Quintero

La Blanquilla es para convivir con la naturaleza

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La Blanquilla es para convivir con la naturaleza

La Blanquilla es para convivir con la naturaleza

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A la isla de La Blanquilla solo llegan quienes buscan soledad. Un refugio para oír el mar, sentir la brisa, nadar largo, estar sereno, pescar lo que se quiere comer y descubrir algún paraje nuevo. Llegar a una extensión de arena sin pisadas anteriores, sin latas ni botellas, sin ni siquiera una colilla de cigarro. Explorar la vegetación xerófita. Darse cuenta de que los cactus brincan y atacan cuando les pasas demasiado cerca. Hacer un esfuerzo por ver la manada de burros salvajes que cuentan que existe. Es un paseo íntimo, casi de reflexión.

No vas a conseguir a nadie conocido. No habrá con quien hablar que no sean tus compañeros de viaje. Nadie pondrá una música estruendosa que te arruine el sonido de las olas y el viento. Tampoco pasarán lanchas veloces removiendo el mar o haciendo competencia de motores. Los dueños de esas embarcaciones quieren lucirlas. Por eso se van a Morrocoy, Puerto La Cruz o La Tortuga. Aquí no consiguen el menor placer.

Esta convivencia con la naturaleza es el auténtico y más genuino valor de La Blanquilla. Solo seres sensibles que la valoren y aprecien serán bienvenidos por estos parajes. El resto de casi toda la costa venezolana es recinto feliz de quienes aman el zafarrancho, la comodidad de un toldo, una silla y muchos restaurantes, la oferta de los buhoneros, o lucir cuerpos esbeltos y trajes de baño pequeños. Aquí andamos como nos provoque, llegamos en velero para que nada suene, usamos un botecito de 5 caballos, pensamos en lo sabroso que hubiera sido darle la vuelta en kayak.

 

Regalos de la naturaleza. La Blanquilla queda 100 kilómetros al noreste de Margarita con un área de 53 km2. Parece una concha. La primera gran bahía es donde está instalada la Armada. Muy resguardada porque queda como encerradita. Nos cuentan los militares –muy gentiles– que ahora tienen Internet y Direct TV. Pueden chatear con la familia. No hay señal de ningún teléfono. Es una de sus bondades. Ignoras por completo la realidad aplastante. Ellos recomiendan anclar en playa El Yaque. Hacemos caso. “La van a reconocer por las dos palmeras”. Suena loco, pero son las únicas dos palmeras de la isla. Ignoro qué especie. Son muy altas. A los lados hay uva de playa. Es una extensión de arena blanca, grande, en subidita leve, con formaciones rocosas a un lado, muy profunda y solo se toca fondo cuando se está casi en la orilla. La temperatura del agua es perfecta. Somos los únicos visitantes. No ha bajado el sol cuando aparece la luna. Son regalos de Dios.

Salimos en el botecito. Vamos lento porque la euforia es ver detalles y descubrir secretos. Bajo un arbolote que parece un baobab de El Principito, notamos que el mar se mete dentro de la roca. Anclamos, nadamos y entramos en una cueva gloriosa, con el agua transparente y mucha luz que se cuela por un agujero desde arriba. Como las olas son leves podemos gozar el sonido y el asombro.

 

La playa de El Americano. Así le dicen a esta bahía preciosa con una entrada angosta que luego se abre generosa. Una cueva al extremo derecho protege del sol. Al izquierdo, en lo alto, siguen las ruinas de lo que fuera la casa de un americano que llegó alguna vez aquí e hizo su hogar. Entendemos perfectamente la motivación. Hasta había una pequeña pista muy cerca para avionetas pequeñitas.

Aquí queda el gran puente natural. Se ve primero desde el mar cuando te vas acercando y luego desde la arena. Es imponente. Como nadie viene ni se para encima, suponemos que durará bastante más que el de Punta de Tigre en Macanao.

Cerca del puesto de la Armada, conseguimos una pequeña laguna que se forma con agua de mar cuando entra a la tierra. Aquí dejan sus peñeros resguardados los pescadores cuando van a visitar a la familia en Margarita. Es un grupo de 15, aproximadamente. Son ordenados y metódicos. Es una empresa comandada por una mujer. Un barco grande viene cada 2 semanas, trae suministros y se lleva la pesca. Desde esta laguna decidimos caminar para ver los burros. Son inmensos, robustos, con sus orejas paradas. Juraba que nos atacarían furiosos. Pero no. Se alejan en cuanto nos ven. Los que atacan son los cactus. Los burros han hecho senderos perfectos para caminar por toda la isla esquivando las espinas de la vegetación xerófita.

 

Lo que se comenta. Se cuenta que hay un plan para arreglar la pista de La Blanquilla. Queda donde está el puesto de la Armada. Hasta sacaron una muestra de asfalto para estudiar lo que hace falta. Ignoro la intención. Sin embargo, pienso que lo que sea que se haga en La Blanquilla debe ser respetando su naturaleza, el silencio y la soledad. Hay muy pocos espacios en el mundo que se mantienen así. Y ese es su valor. Sería triste que se convirtiera en un Los Roques II.