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Francisco Javier Pérez

150 años de la Biografía de José Félix Ribas (Parte 2)

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Una posibilidad analítica señalaría que la lectura fragmentaria de la Biografía a José Félix Ribas, de Juan Vicente González, sea la única para alcanzar un cierto dominio sobre una obra de estructura mental y de fraseo espiritual tan complejos. El repertorio no deja de cautivar por la nobleza de los movimientos afectivos y repulsivos hacia la gesta y hacia los gestores.

Las primeras palabras han sido robadas al Dante más infernal. Nada resulta tan escalofriante en toda nuestra literatura. Nada en nuestra literatura se parece más a aquel comienzo del libro de Foucault sobre la prisión (“El cuerpo del condenado”). Ninguna lección verbal nos es tan penetrante. Ninguna lección histórica nos causa tanta tristeza. Un anticipo premonitorio de lo que le sucedería al mismo biografiado de González: “El 8 de mayo de 1799, la ciudad de Caracas vestía de luto: las puertas de las casas estaban cerradas, colgadas de negro las ventanas; y la voz llorosa de las mujeres que rezaban adentro, el tañido de las campanas que tocaban agonía, y el aire pavoroso de los unos, grave y apresurado de los otros, anunciaban un acontecimiento singular y terrible./ Poco pueblo, alguna tropa y niños, presididos por sus maestros, ocupaban la plaza Mayor, y veían salir con ansiedad extraña desde la cárcel pública, hoy reemplazada por la Casa de Gobierno, un grupo confuso, que se acercaba lentamente, compuesto de soldados y de frailes de todas las Órdenes, rezando éstos, prestas las armas aquéllos; y de hermanos de la Caridad y de Dolores, con vino y agua en las manos, o con un latillo en que recogían limosna, al fúnebre son de estas palabras: «Hagan bien para hacer bien por un hombre que están para ajusticiar». Venía, realmente, un bulto indefinido sobre una manta levantada por unos hermanos y tirado de vil caballo, con quien hablaban alternativamente dos sacerdotes, y que parecía escuchar con entereza y dejarse ir voluntariamente hacia donde le llevaban. Era don José María España, que era arrastrado al último suplicio. Tendría como cuarenta años; y sin la blanca mortaja que le envolvía, habríase admirado un hombre de ademán resuelto, de agradable y gentil presencia. Por entre el ruido monótono de las armas, la salmodia del clero, los dobles de las iglesias y el dolorido acento de los que pedían por su alma, resonaba la dura voz del pregonero, que iba delante pregonando la sentencia que le condenaba: Reo de alta traición, mandamos que, precedidas sin la menor dilación las diligencias ordinarias conducentes a su alma, sea sacado de la cárcel, arrastrado de la cola de una bestia de albarda y conducido a la horca, publicándose por voz de pregonero sus delitos, que muerto naturalmente en ella por mano de verdugo, le sea cortada la cabeza y descuartizado; que la cabeza se lleve en una jaula de hierro al puerto de La Guaira, y se ponga en el extremo la entrada de aquel pueblo por la puerta de Caracas, que se ponga en otro igual palo de sus cuartos a la entrada del pueblo de Macuto, en donde ocultó otros gravísimos reos de Estado a quienes sacó de la cárcel de La Guaira y proporcionó su fuga; otro en el sitio llamado Quita Calzón, río arriba de La Guaira, en donde recibió el juramento de rebelión contra el rey; y otro en la Cumbre, donde proyectaba reunir las gentes que se proponía mandar”.

Siendo difícil que el relato todo del libro ascienda desde estos infiernos, no le será siempre posible al narrador remontar cúspides de fuego y lagunas de oprobio para atisbar en lontananza luces de esperanza. Negros nubarrones y despiadadas tormentas alimentan el tiempo heroico que González busca sentenciar. Quiere el escritor comprender “esos misterios llenos de horror por donde deja entrever el corazón humano la profundidad de sus abismos”. Entiende que uno de esas simas (caídas) espirituales sería la cruel y fatal “guerra a muerte” y por ello la discute, la combate y la rechaza, pues no quiere ser chacal de los chacales y se niega a ir “más lejos en el horrible camino”. Confía, con inextinguible ternura, en que existe “en el corazón del venezolano un fondo de piedad inmenso”. Comprendiendo González a Miranda, no puede justificar el que llama crimen de Bolívar: “Era el amor a la patria agriado en el fondo de su alma, extraviado por la pasión”. La pureza de la revolución en manos del Generalísimo se haría sangre en las del Libertador que ejecuta el decreto: “Sí, la guerra a muerte es una mancha de lodo y sangre en nuestra historia. Esos mil hombres que perecieron en Caracas y La Guaira, muchos de los cuales habían hecho grandes males a la patria, iban a hacerle uno eterno con su muerte. ¡Ojalá vivieran esos enemigos que llamaban al enemigo, que sembraban la discordia, que parecían un obstáculo a la Independencia! Los que los asesinaron han hecho más males a la libertad, al pueblo que corrompieron, a la ley y a la justicia, que las legiones de los tiranos”.

El historiador literato exculpará a su héroe Ribas por no acatar ciegamente el mandato de guerrear a muerte. Se recapitulan los horrores de los patriotas obedientes: “Los degüellos comenzaron el 12 y continuaron algunos días. En La Guaira se los sacaba en fila, dos a dos, unidos por un par de grillos, y así se los conducía, entre gritos e insultos, coronado cada uno con un haz de leña, que había de consumir sus cuerpos palpitantes. Pocos lograban se los matase a balazos; los más eran entregados a asesinos gratuitos que se ejercitaban al machete, al puñal, y que probaban a veces su fuerza arrojando sobre el cerebro del moribundo una piedra inmensa […] Aquellos banquillos, bañados en sangre, rodeados de humanos restos, embriagaban a unos, llenaban a otros de piedad, con sus pútridas exhalaciones”.

El libro ofrece floraciones temáticas de amplia generosidad reflexiva. Como si se tratara de un campo florido, cada rama o ramillete permite desarrollar nuevos ramilletes y ramas. Así, a cuento de proceratos femeniles, ordena un código de calificativos de elogio sin barreras hacia las mujeres y su silente fortaleza: “¡Pobres mujeres! Nos dan su corazón, su vida; nos siguen, ciegas, por donde las arrastra nuestro destino; nos acompañan al cabo, por premio a sus sacrificios, un dolor eterno devorará las víctimas de nuestra temeridad. ¡Cómo conmueven los recuerdos de la hija que no verá más, esos cariños infantiles que no caben en la pluma!”. Así, las constantes apuntaciones sobre la gloria o la decadencia de los hombres y sobre los vicios o las virtudes de los ciudadanos, en tiempos en donde eran tan abundantes los primeros y tan escasas las segundas: “En vez de la felicidad en que soñaban sus almas, de la libertad a que preparaban coronas de flores, el espectro horrible del crimen, mal disfrazado con el gorro frigio, el desengaño y el dolor […] En las horas tranquilas de la noche, alrededor de la mesa doméstica, los hermanos, divididos y enconados, se lanzaban miradas furtivas, llenas de rabia, se provocaban, a veces, rompían en insultos, sin respeto a las canas de sus ancianos padres, que se afligían y lloraban. De cuando en cuando, frenética por el dolor, una viuda sombría cerraba las puertas a su hijo; y un hijo llamaba en vano, largo tiempo, a su inflexible madre”. Así, los señalamientos hacia la patria, cruelmente maltrecha en su origen mismo y felizmente requerida en su desarrollo más doloroso: “En cuanto a la patria, ella es tan rica de glorias, que no desea aumentarlas con mentiras que las harían sospechosas. La patria reclama esa verdad hace tiempo para que a la sombra de un silencio pérfido el crimen no haga escuela, ni pululen los delitos; es condenándolos altamente que se previene su vuelta y se funda el reinado de la virtud y de la libertad”.

Este libro bíblico, que celebra entre nosotros una edad tan alta y noble, termina como comenzó. De un cadalso a otro, antes José María España y ahora José Félix Ribas, se cierra el círculo perfecto del sacrificio por la justicia y la libertad. Una vez más, y como tantas veces más tarde, el cruel teatrillo estaba montado: “Al pie de la horca se precipitaban pretendidos parientes de las víctimas de Ribas, aullando insultos, representando en esta pompa fúnebre el coro de la venganza antigua. Esta falsa tragedia al lado de la verdadera, este concierto de gritos calculados, de furores premeditados, alegraron a mil, no contristaron a nadie. ¡Los esclavos no tienen corazón! ¡Insensatos! Desde el afrentoso palo donde fue a podrirse, esa cabeza demudada os hace siniestros gestos y os va a medir pocos días de mando. ¡Os coronáis de flores para el sepulcro!”.