• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Lorena González

Bifurcaciones: el mercado del arte

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Durante los primeros años de la segunda década del siglo XXI ha comenzado a asentarse una deliberación recurrente sobre los asombrosos caminos emprendidos por el creciente mercado del arte; ya no como una figura independiente que opera al alimón del posicionamiento tradicional del museo como legitimador oficial, sino más aún como una fuerte estrategia de intercambio económico, cuyo periplo se está consolidando a través de una oferta/demanda de cifras nunca vistas que cada vez más determinan lo estimable y lo despreciable, lo protagónico y lo transitivo, lo que es y lo que no es arte.

A finales de 2014, Art Basel se levantó en el Miami Beach Convention Center como uno de los puntos cardinales del arte contemporáneo al albergar más de 250 galerías de todo el mundo en exposiciones que se extendieron en solo-shows, conferencias, películas, apuestas curatoriales y editoriales, publicaciones y discusiones teóricas, en las que Estados Unidos junto con países de Latinoamérica, Europa, África y Asia pudieron asentar sus políticas e investigaciones con respecto al arte de nuestra contemporaneidad. No bastando con ello, a los miles de metros cuadrados de este evento se le sumaron una gran cantidad de ferias alternas que reunieron un amplio número de propuestas en toda la ciudad.

¿Pero qué representa esta movilización cada vez más prolífica en torno al mercado como nodo central de los lineamientos de la creación? Ya en 2008 la socióloga e historiadora de arte Sarah Thornton publicó en su libro Seven Days in the Art World una crónica profunda sobre esa inclinación particular que las propuestas artísticas han tenido desde los años ochenta hasta los inicios del siglo XXI, un campo en el que efectivamente la compra, los números y los niveles de una demanda inagotable determinan una cartografía inédita para el desarrollo del arte actual; espacio febril en el que la galería, la subasta, la feria, las bienales y los salones reescriben forasteros protocolos en torno a las relaciones tradicionales del artista, la obra, el museo y el espectador.

En medio de la dinámica, de las presiones, de los pulsos cambiantes de una historia tan pomposa como privativa, el artista se debate, confundido, agobiado por esta aventura del arte contemporáneo que se ve asediada bajo las contradicciones y exigencias del mercado, en las interrogantes de un pasado todavía sonoro y frente a los vaivenes de un futuro incierto, controlado a su vez por sistemas de producción, exhibición y permuta capaces de absorber y digerir en poco tiempo cualquier instante de confusión o lucidez.

En este sentido, en una entrevista publicada en Artishok en 2013, el propio Luis Camnitzer confiesa su necesidad de retirarse del mundo del arte.

Considerado como uno de los conceptualistas latinoamericanos más aguerridos de nuestro tiempo, Camnitzer destaca por su asertiva insistencia en la desestabilización de los sistemas de poder, convirtiendo la obra en la irradiación didáctica de un pensamiento crítico-liberador. Sin embargo, desde el año 2000 con la Bienal de Whitney y después con Documenta se vio atrapado por el mercado: “No hay ningún lugar limpio. Si quieres comunicarte, necesitas un cierto poder. Cuanto más poder tienes, generas una caja de resonancia más grande, más efectiva, y ahí es donde está el peligro: que en algún momento te puede gustar más la caja de resonancia que lo que quieres decir. Es ahí donde tengo que tener cuidado”.