• Caracas (Venezuela)

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Elsa Cardozo

Bienvenidos al vecindario

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No  está resultando fácil el segundo mandato presidencial de Dilma Rousseff y tercero del Partido de los Trabajadores. Ya lo anunciaba la muy reñida y tensa campaña presidencial y la fragmentación del Congreso que resultó de las elecciones parlamentarias. Y de eso, para comenzar, se trata la democracia, de escuchar. Así lo aceptó la presidente Rousseff cuando dijo haber recibido el mensaje de todos los electores, no solo el de reconocimiento sino “el recado de quienes quieren más y mejor”.

El recado, que ya se había escuchado en grandes protestas en las calles de las principales ciudades brasileñas en 2013 y 2014, contrasta con la imagen de la séptima economía mundial, segundo productor y exportador agrícola, tercer mayor exportador de minerales, quinto mayor receptor de inversiones y séptimo en acumulación de reservas internacionales.

Sin negar el peso de esos argumentos, quizá hasta precisamente por ellos, las críticas resuenan con más fuerza a medida que se constata el tamaño del daño hecho por la corrupción a Petrobras, a la economía y su reto de recuperar crecimiento, a la golpeada confianza en la institucionalidad política y al músculo internacional del país.

No es sorda, ni mucho menos, la señora Rousseff a los reclamos, como en estos días lo confirman sus compromisos ante el Congreso en materias tales como educación, lema central de este mandato; vivienda, salud y seguridad pública; transparencia y reformas políticas; sustentabilidad de las políticas sociales y ajustes en la economía para recuperar crecimiento y acrecentar competitividad. Pero lo cierto es que, aun en su especificidad y ciertamente en su propia escala, Brasil no escapa de males bastante generalizados en su vecindario.

No fueron suficientes las protecciones ante la  bonanza propiciada por el aumento en la demanda y los precios internacionales de las materias primas. Brasil también cayó, a su manera, en la tentación de perder el sentido de las proporciones y acometer proyectos tan simbólicamente atractivos como onerosos, de los que son buena muestra eventos como el Mundial de Fútbol del año pasado y las olimpiadas del próximo. En lo de contratos con grandes trazas de corrupción, pese a la reciente y traumática experiencia y huellas del escándalo político de las mensualidades que llevó a juicio a importantes dirigentes del oficialismo, no hubo tregua. Desde hace dos años comenzó la investigación del complejo sistema de lavado de dinero procedente de arreglos ilícitos entre contratistas, partidos y funcionarios de Petrobras, que se iniciaron en los años en que la propia Dilma Rousseff presidía su Consejo de Administración. Han sido operaciones de gran escala  con ramificaciones nacionales e internacionales que han causado a la empresa insignia de la potencia emergente daños considerables en capital económico, humano y de confianza.

Digamos, en suma, que Brasil no es excepcional, como se lo han recordado en estos días a la presidente Rousseff la sequía natural, la aridez política y las grietas económicas sobre las que inicia su segundo ciclo. Buena oportunidad para mirar a su país más cerca de sus vecinos y para reforzar adentro y proyectar afuera su explícito compromiso con la defensa permanente y obstinada de la Constitución, las leyes, las libertades individuales, los derechos democráticos, la más amplia libertad de expresión y los derechos humanos.