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Joaquín García Huidobro

“Bienvenida derrota, porque te voy a digerir”

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La política no es como las matemáticas o la física: carece de leyes absolutas. Pero hay una excepción. Existe una ley que no falla nunca, una ley absolutamente implacable: los electorados castigan a los partidos y coaliciones que están desunidos. El domingo 15 vimos, una vez más, cómo se cumplía esa ley inexorable. La centroderecha sufrió una derrota a pesar de tener una buena candidata y de haberlo hecho, en muchos aspectos, bastante bien en La Moneda.

En todo caso, fue una pérdida muy oportuna, porque si la Alianza hubiera llegado a ganar habría dado un espectáculo lamentable. Un gobierno implica no solo un presidente y su equipo, requiere partidos que lo respalden seriamente. Hoy, a cuatro años de haber ganado la elección presidencial, la centroderecha es un corral lleno de fieras indómitas no aptas para gobernar.

Esto sucedió porque Sebastián Piñera fue elegido antes de tiempo, fruto del desgaste natural de la Concertación, de los desaciertos del gobierno de Bachelet y de una campaña electoral conducida con inteligencia. Pero la Alianza llegó a La Moneda sin haber hecho una serie de tareas previas. Aunque se sacó buena nota como oposición y ofreció administrar con eficiencia y honradez, sus partidos no estaban preparados para gobernar y carecían de respaldo doctrinario. A la primera arremetida de los estudiantes, su falta de ideas la hizo tambalearse. Las derrotas son siempre complicadas, y esta no será una excepción. No se han visto los cuchillos largos, pero sí lumas y manoplas esgrimidas con mezquindad. Todos miran para el lado, buscando a quién endosar responsabilidades. Cero autocrítica.

La excepción fue Evelyn Matthei: “Yo soy la única responsable de la derrota”, dijo. Esto es una novedad. Encontrarse con alguien que diga: “Yo fui” es una experiencia que uno tiene muy pocas veces en la vida. En Chile nadie es responsable de haber promovido las políticas que hoy nos tienen despoblados; ni de haber defendido la violencia y la lucha de clases como método de transformación social; ni de mirar para otro lado cuando unos compatriotas aullaban de dolor; ni de la corrupción ni de nada. Bienvenidas, entonces, las personas capaces de decir: “Yo fui”.

La centroderecha vuelve a la oposición, pero su tarea más importante no consiste en oponerse, sino en encontrarse a sí misma, saber quién es. Al hacer este ejercicio de introspección, lo primero que se descubre es que por algo los españoles hablan de “las” derechas. Hay una enorme y sana pluralidad. Bien administrada, esa multiplicidad es una fuente de intercambio de ideas, y constituye una cualidad necesaria para enfrentarse a un electorado que es cada vez más diverso.

Ahora bien, el primer error que suele cometer este sector político es mirar la diversidad con desconfianza. Si a esto se suma el carácter díscolo de sus integrantes, donde cada uno tiene la mentalidad de un señor feudal en sus dominios, entonces las tensiones y peleas son la consecuencia necesaria. Mala cosa.

A las tradicionales e interminables disputas entre RN y la UDI, ahora se suman las pugnas internas de cada una de esas agrupaciones. Han pasado más de 20 años y todavía no han sido capaces de encontrar un sistema permanente y civilizado para resolver sus controversias. Enfrentan los problemas gritando ante las cámaras, pidiendo medidas disciplinarias, exigiendo un cambio generacional o mandándose a cambiar, como se ha visto en estos días. No son estrategias muy creativas.

Últimamente se ha hablado de la posibilidad de fundar nuevos partidos en el sector, con gente más joven y con menos mañas. Puede ser una buena idea, pero me temo que responda al anhelo utópico de contar con un islote donde todos son buenos, jóvenes y amigos. La experiencia de la UDI debería enseñarles que la juventud se pasa con el tiempo. También que la bondad y la amistad quizás puedan ser características en una etapa inicial, pero en la medida en que la organización tiene éxito y crece, aparecen los malos olores e irritaciones que son típicas de toda aglomeración de masas.

Hace 24 siglos el viejo Aristóteles mostró que la buena vida política supone amistad. Recordarlo es la tarea más importante para la centroderecha en los próximos meses. “Bienvenida derrota, porque te voy a digerir”, decía Chávez. Este no es el momento de las recriminaciones, sino de mirarse a la cara, escucharse y decir: “Me alegro de que estemos vivos, volvamos a empezar”.