• Caracas (Venezuela)

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Elizabeth Fuentes

Bien lejos

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Desde lejos, el país se ve importante: en una tratoria de Roma, el noticiero estelar abre con los enfrentamientos en Venezuela, imágenes terribles de la PNB, la GN  y los “colectivos”, que no son otra cosa que escuadrones de la muerte, disparando a mansalva contra  jóvenes  armados de piedras y coraje. Imágenes que se repiten en medio mundo, menos en Venezuela obviamente,  donde la Defensora del Gobierno, Gabriela Ramirez, tiene los santos ovarios de gastarse una millonada de nuestros impuestos y nuestro petróleo para ir en Primera Clase a Ginebra a denunciar que en El Nacional lesionaron su derecho a réplica. A lo que agrega su compañera de viaje, la Fiscal Particular del PSUV- luego de espalillarse otros 150.000 bolos en su ticket de avión y sin que se le mueva un músculo del rostro ni de la vergüenza-, que Estados Unidos quiere financiar las protestas pero no dice ni ñe sobre la tortura a los presos ni la masacre cotidiana que se ejecuta contra jóvenes desarmados y, mucho menos, de dónde salen los dineros que mantienen a esos malandros actuando a sus anchas.

Desde lejos, el país duele: ver a cientos de jóvenes médicos protestando en Lecherías: “No queremos balas, queremos medicinas”, acompañados por los pacientes que llevan meses esperando por una operación, por una radioterapia. Gente humilde que le confiesa al corresponsal de CNN Fernando del Rincón que se gastaron un realero comprando lo necesario para su intervención quirúrgica, pero siguen en sillas de ruedas porque en el hospital Razzeti no hay pabellón disponible. Y el corresponsal, haciendo una cobertura impecable, logra entrevistar al chavista director del hospital, quien en sus mentiras no atina a unir sujeto, verbo y predicado…y es entonces cuando el país avergüenza.

Pero desde lejos, Venezuela también entusiasma y mucho: basta solamente con escuchar a los cientos de jóvenes en todo el país rebelándose contra la ignominia que les ha tocado vivir durante más de media vida. Chamos que sufren el día a día de la delincuencia, de las colas para que sus padres consigan alimentos, de la  corrupción a toda escala, de la falta de oportunidades para su futuro, del no poder soñar con una vida medianamente digna porque un grupete de trogloditas se aprovechan de una ideología muerta y fracasada para poder seguir disfrutando de los privilegios que les otorga el poder, viajes gratis a Ginebra incluidos. Estudiantes en su mayoría que se niegan a una vida de tercera porque un puño de consignas huecas  se las quiera imponer.

Y entusiasma también y mucho cuando, sin proponérselos siquiera, vemos a Alfredo Romero, Gonzalo Himiob y al resto de  los abogados que integran el Foro Penal Venezolano, devenidos en los verdaderos fiscales generales de la República, en los auténticos defensores del pueblo, replicando la estrategia oficialista de montarle gobiernos paralelos a Antonio Ledezma o a Henrique Capriles, pero con la mayúscula diferencia de que Romero y Himiob sí trabajan y no cobran por eso, ni tienen la más mínima ambición de poder y en su esfuerzo titánico, solamente les mueve  hacer justicia, dejando aún más en evidencia la absoluta complicidad de  las señoras Ortega Díaz y Ramírez  con la tortura, el abuso de las fuerzas policiales y la violación a la Constitución.

Trabajando hasta las tantas de la madrugada, informando quiénes están libres y quiénes no, detallando cada caso, abandonando en el camino responsabilidades familiares, armando un expediente gordísimo sobre cómo y de qué manera Maduro y sus cómplices han violado los Derechos Humanos de media Venezuela,  Alfredo Romero y Gonzalo Himiob nos regalan un viento fresco que purifica ese país  que, desde de lejos, se ve asfixiado en lacrimógenas, irrespirable por el polvo de las barricadas, desdibujado en medio del humo de las candelitas.

El país duele y avergüenza, desde lejos. Pero también entusiasma y apasiona.