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Francisco Suniaga

Betancourt y la siembra del petróleo

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A veces la anécdota personal es insustituible para explicar las complejidades de cualquier proceso político. Pertenezco a una generación que tuvo la suerte de comenzar o estar en la escuela para 1959, el primer año escolar de la experiencia democrática inaugurada apenas unos meses antes.

Era una escuela construida de manera magnífica -aún hoy, bastante deteriorada, es la principal escuela pública de La Asunción- de la que recuerdo, entre otras muchas, dos cosas que eran -lo supimos luego- la expresión de los nuevos tiempos: una dolorosa campaña de vacunación que nos protegió de enfermedades y un comedor escolar que proporcionaba un almuerzo completo.

El liceo Francisco Antonio Rísquez, donde cursamos la secundaria, era una institución extraordinaria que contaba, además del comedor, con transporte y unos laboratorios de biología, física y química como nunca vi otros.

Después vino la universidad, gratuita y muy buena, con extraordinarios profesores, bibliotecas actualizadas, una extensión cultural muy rica y un comedor que visto con la óptica de hoy sería increíble. Un ejemplo de todo aquello: la beca de estudio de la UCV para estudiantes del interior era de seiscientos bolívares de entonces.

Tan buena que se podía alquilar un apartamento en cuatrocientos en sus cercanías y aún quedaba algo para la comida. Las posibilidades de estudiar posgrados en el exterior eran muchas y luego se hicieron infinitas a partir de 1974, con el plan de becas Mariscal de Ayacucho.

Virtud de esas condiciones creadas por la democracia, cientos de miles de venezolanos tuvimos una educación con la que nuestros padres, que apenas completaron la primaria, jamás siquiera soñaron -en nuestro barrio, El Mamey, como seguramente pasó en tantas otras barriadas venezolanas, sólo una persona en toda su historia se había graduado antes en la universidad-.

¿Cómo fue posible que este país diera ese salto en tan pocos años? Lo fue en buena medida gracias a la visión y perseverancia de un político extraordinario: Rómulo Betancourt, quien se empeñó en hacer de Venezuela una gran democracia de tipo occidental, propósito para el que la educación pública de calidad era prioritaria.

Fuimos, sin saberlo entonces, semillas de la siembra del petróleo, no como frase feliz sino como materialización de un proyecto político puesto en práctica, en la escala necesaria, con el advenimiento de la democracia.

La historia de ese proyecto político, sustentada en documentos y data económica serios, ha sido recogida en un libro que hace poco vio la luz: Rómulo Betancourt y la siembra del petróleo, de Gumersindo Rodríguez.

Se trata de un trabajo enjundioso donde está plasmado con gran claridad el pensamiento político-económico del gran estadista venezolano.

Al leer Rómulo Betancourt y la siembra del petróleo la primera conclusión a la que se llega es que lo de Betancourt no fue casualidad ni suerte. A su conocimiento empírico de Venezuela y la venezolanidad, sumaba una comprensión profunda de su historia y una sólida formación autodidacta de teoría económica y de la economía política marxista.

Su discurso y, cuando le correspondieron, sus decisiones de estadista tenían ciertamente las mejores fuentes en esa materia. En el libro de Gumersindo Rodríguez se repasan los dilemas de economía política que enfrentaron Betancourt y otros ilustres venezolanos que lo sucedieron para que el petróleo fuese propiedad absoluta de los venezolanos.

Se explica cómo, sin retórica patriotera, se logró el rescate de nuestra principal riqueza y cómo se avanzó por la senda de la construcción de una Venezuela democrática.

Sembrar el petróleo devino en una ideología autóctona que se fue desgranando a lo largo de décadas y que se materializó en programas de desarrollo reales, centrados en el desarrollo del recurso humano, que transformaron el país atrasado de la primera mitad del siglo XX en uno moderno con cotas de bienestar elevadas.

Rómulo Betancourt y la siembra del petróleo constituyen también una invalorable fuente argumental contra la desolación política del presente.

Es muy útil para que sepan los venezolanos más jóvenes, ahora cuando la única opción que este régimen les ofrece es la supervivencia, que no siempre las cosas fueron como hoy se presentan. Que no siempre Venezuela marchó al garete, deslizándose por el tobogán del desgobierno y la anarquía. Que hubo un sueño de una Venezuela grande y de todos, en buena medida hecho realidad. Y, lo más importante, que estén persuadidos de que retomar ese sueño es perfectamente posible.