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Demetrio Boersner

Betancourt antiimperialista

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Hasta el final de su vida, Rómulo Betancourt fue un hombre de izquierda: nacional-revolucionario y socialdemócrata, identificado con los intereses populares de Venezuela y de Latinoamérica, y el más formidable y eficaz conductor de sus luchas de liberación nacional. Eficaz, porque aplicó el método de análisis del materialismo histórico en forma selectiva y no dogmática, entendiendo que la revolución puede ser producto de reformas parciales acumuladas. Por sus métodos reformistas pero cargados de contenido transformador estructural, fue mucho más peligroso para las fuerzas del imperialismo económico y estratégico, y para las oligarquías criollas, que los izquierdistas de estilo más radical, vociferantes y propensos a estrellarse en aventuras voluntaristas. Por ello, Trujillo y Somoza temían y odiaban más a Betancourt con su creciente influencia socialdemócrata de alcance hemisférico, que a la revolución cubana y el comunismo internacional.  Asimismo, los estrategas de las transnacionales petroleras sabían que la verdadera amenaza a sus intereses no era el “fidelismo” ni el bloque soviético, sino el régimen democrático fundado por Betancourt, que con tenaz voluntad nacional-revolucionaria, haciendo gala de “firmeza sin desplantes”, desmontó paso a paso el poder hegemónico que esos consorcios habían ejercido sobre el país. Junto con la transformación progresista interna de Venezuela y sus aportes al “desarrollo democrático e integrado” de América Latina, ciertamente el proceso liberador que abarcó la creación de la OPEP y culminó en la nacionalización de la industria petrolera, constituye la más fehaciente prueba histórica del antiimperialismo de Rómulo Betancourt y sus compañeros y sucesores.

Naturalmente Betancourt tuvo que hacer concesiones tácticas en aras de objetivos estratégicos. Una de ellas fue la exclusión del PCV del Pacto de Puntofijo. En medio de la Guerra Fría, dicha exclusión de quienes quizás moralmente merecían mejor trato, era indispensable. Diez años antes, los demócratas italianos y franceses fueron obligados por Estados Unidos a expulsar a los comunistas de sus gobiernos como condición “sine qua non” para recibir los beneficios del Plan Marshall. Para Venezuela en 1958 la alternativa era aún peor: una democracia latinoamericana que acogiera a comunistas en su gobierno en esa época, no sólo perdía posibles ayudas, sino sería liquidada en breve tiempo por una intervención directa o indirecta de Estados Unidos. La exclusión de los comunistas era, pues, una exigencia existencial (comprendida, desde luego, aunque obviamente no aplaudida por los dirigentes del PCV). Se impuso el realismo de Betancourt: avanzar hasta los extremos límites de la tolerancia geopolítica vigente, pero no traspasarlos.