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Ramón Hernández

Barrotes y detritus

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Dariel Alarcón Ramírez, conocido como “Benigno” se incorporó a la guerra de guerrillas a los 17 años de edad. Camilo Cienfuegos lo enseñó a disparar y el Che Guevara las primeras letras. Fue su compañero en Bolivia, uno de los pocos que sobrevivió. Como premio, pero resultó un castigo, en 1981, le tocó ser jefe de una cárcel en las afueras de La Habana, en la que estaban recluidas más de 6.000 personas.

En sus memorias –que no han leído María Iris Varela, “revolucionaria y socialista” ni Miguel Rodríguez Torres, el responsable del manejo y las ejecutorias de los cuerpos de seguridad de la revolución bolivariana–, Alarcón Ramírez cuenta algunas de las barbaridades que cometían contra los presos, tanto políticos como comunes, porque todos estaban juntos; sin distinciones, como ocurría en la URSS. “Disuadían” las protestas con chorros de agua y golpeándolos con la manguera en el pecho y la espalda. A uno lo hicieron explotar porque le metieron la manguera en la boca y abrieron el chorro. El Partido Comunista de Cuba se las arregló para que el homicida no fuese juzgado. Nadie se alarmó. Al traspasar las puertas del centro penitenciario un letrero advertía: “El recluso tiene derecho, única y exclusivamente, a reclamar su medicina. A nada más. Cuando pasa de esta puerta para dentro, el hombre ha perdido todos sus derechos”.

En ninguna cárcel de Venezuela nadie se ha atrevido, por ahora, a poner por escrito la autorización para cometer semejante tropelía, pero las perpetran, iguales o peores. El estudiante de la ULA Gerardo Carrero fue golpeado con una tabla y luego amarrado de rodillas durante doce horas a los barrotes de la celda del Sebin en El Helicoide, un atropello de los derechos humanos tan grave como las torturas que sufrió el buhonero revolucionario Efraín Labana Cordero en el TO3 a mediados de los años sesenta del siglo pasado; un caso denunciado por el entonces diputado José Vicente Rangel y el periodista Freddy Balzán.

La única diferencia con el caso de Carrero es que entonces la izquierda era la oposición y había escogido la lucha armada, la violencia, para llegar al poder. Ahora se trata de un campamento estudiantil frente al PNUD, pacífico en extremo. Carrero pedía, precisamente, que se respeten los derechos humanos. Presto manifiesto de la Comisión por la Justicia y la Verdad, que depende administrativamente del Consejo Moral Republicano; sin usar, con el papel celofán entero, virginal.

@ramonhernandezg