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Francisco Javier Pérez

Baralt en el Libro de medallas (1)

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Como parte de los asuntos internos de la Real Academia Española, desde mediados del siglo XIX (año 1847) y hasta el presente, se tiene la costumbre administrativa de llevar registro de las medallas que reciben los académicos al momento de su investidura como tales y que entregan sus familiares al momento en que fallece el numerario. Tanto las entregas primeras, en mano del académico, y las segundas, por parte de la familia, han quedado consignadas desde esa fecha en el Libro de medallas. Atesora el singular cuaderno el precioso conjunto de manuscritos y de firmas de los ilustres miembros de la primera de las academias de la lengua, la tres veces centenaria corporación madrileña.

Y viene el interés erudito, tanto como el general, a llamarnos la atención sobre la medalla número 24. Se trata de aquella que recibiera el primer hispanoamericano en ingresar en esa categoría en la Academia Española y, también, del primer venezolano que ha logrado semejante distinción y honor: Rafael María Baralt.

Las páginas del libro consolidan la biografía de los numerarios tomando en consideración, con escueta solemnidad, solo los dos momentos que a estos efectos resultan determinantes: la fecha de ingreso y la de egreso en la corporación; coincidiendo esta última con el fallecimiento de cada uno de los excelentísimos señores. Dos columnas desarrollan y hacen constar estos eventos. La primera se destina a los hechos, que no son otros que la muerte del académico predecesor, la adjudicación de la medalla al académico sucesor y, por fallecimiento de éste, entrega de la condecoración por sus familiares.

En el caso de Baralt, los textos en esta primera columna así lo constatan. La muerte del marqués de Valdegamas, Juan Donoso Cortés, el 16 de abril de 1848, deja vacante la silla letra “R” que ocupará el venezolano cinco años más tarde, el 27 de noviembre de 1853. Libro de triunfos y decesos (un raro acercamiento que no habría que desestimar), señala el suceso y no la fecha en que muere el ilustre historiador, escritor y lexicógrafo y al hacerlo parece el redactor anónimo del texto entonar un elegíaco versículo que carga de luctuosa resonancia el frío acto administrativo de la entrega de la medalla: “Habiendo fallecido el Sr. D. Rafael María Baralt la entregaron sus testamentarios el 11 de Enero de 1860”. Como cierre de este sobrio réquiem, el apellido del secretario perpetuo, ese noble Manuel Bretón de los Herreros, comediógrafo y epigramista, se presenta para dignificar aún más el ceremonial de trazos cortos y de perdurables gestos: “Bretón”.

Si la columna primera era solemne y métrica, la segunda es viva y testimonial. En ella se exhiben, tras la palabra “recibí”, las firmas de los académicos al momento en que se registra y se acusa la entrega de la medalla que ya le ha sido impuesta en acto público; quedando sellado hasta la muerte su juramento en favor del engrandecimiento de la lengua. Entre las firmas de Donoso Cortés y de Tomás Rodríguez Rubí, su sucesor, la de Baralt luce con un brillo muy particular.

Ese que firma es una celebridad a ambos lados del Atlántico. Ha dejado en su país natal una larga y potente obra de historiador, contando entre sus abres uno de los libros bandera de la disciplina hasta el mismísimo presente; ese Resumen de la historia de Venezuela, en tres volúmenes, que ha firmado junto con Ramón Díaz. También, sus primeros tanteos de escritor, poemas y artículos de costumbre, tanto como las primeras piezas de su tarea de ensayista y tratadista que con los años le granjearán honores en Madrid.

Precisamente, llegará a la capital de España en pleno furor del reinado de Isabel II y allí trabará con la monarca y sus cortesanos relaciones personales e intelectuales que le darán estabilidad y honores hasta el día mismo de su muerte que, sin sospecharlo, está a punto de llamar a su puerta. Ocupará cargos de gran relevancia, tanto en lo gubernativo, lo diplomático y lo cultural. Dirigirá la imprenta nacional, entre otros.

El logro más brillante de su dorada hoja de servicios no será otro que su elección como individuo de número de la Real Academia Española, siendo en ello, como queda dicho, el académico primado de nuestro continente. Su histórico ingreso vendrá respaldado, fundamentalmente, no por dos proyectos lexicográficos de gran envergadura. El primero, de fecha 1850, el prospecto del Diccionario matriz de la lengua castellana, que deja inconcluso, primer diccionario histórico de la lengua; y, en 1855, el Diccionario de galicismo, primero en su especie y resultado de sus estudios sobre el auge de la lengua gala en el español decimonónico.

La hoja que se le destina en el Libro de medallas es un documento de inestimable valor para la comprensión del período madrileño de Baralt.