• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Baño de carretera

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Los hermanos Bencomo debutan en la cartelera nacional con Pipí mil, pupú dos lucas, adaptación criolla de varios modelos de cine independiente, átomo o guerrilla.

Hecha con escasos recursos, la película es un digno de ejemplo de austeridad para nuestra industria (un poco mal acostumbrada por décadas de paternalismo dadivoso). En serio, la rodaron con dos lochas, el equivalente a 1% de cualquier producción local (subsidiada). Ya por ahí, le vemos futuro a la carrera de los jóvenes realizadores.

Por supuesto, la ópera prima dista de ser una obra maestra: el guión despliega una serie de altibajos, el humor se quiere políticamente incorrecto (cuando a veces peca de ingenuo), la fotografía imprime un aura de factura amateur (como de cortometraje universitario), la dirección se aferra a un patrón de vieja data (el de la cinta de inspiración Tarantinesca).

En pocas palabras, se filma otra versión de Pulp Fiction, veinte años después de su consagración en Cannes. Típicas cosas del provincianismo. Aquí las modas llegan tarde, como en la España de Franco.  Aun así, Pipí mil, pupú dos lucas despierta la empatía del público y de la crítica por su humildad, por su evidente falta de pretensiones. En tal sentido, la pieza evoca la frescura, el desparpajo y la espontaneidad de trabajos nacionales como Soy un delincuente, El pez que fuma, Secuestro express y Azotes de barrio en Petare, a camino entre el realismo, la picaresca criolla y el docudrama. Toda una escuela en Venezuela.

En efecto, volvemos a disfrutar de la naturalidad de un conjunto de actores nóveles (carentes de los vicios de los intérpretes engolados de costumbre). También nos identificamos con la forma de hablar de los protagonistas (aunque en ocasiones resulte un tanto forzada o planificada por los autores). Celebramos la calidad técnica del empaque audiovisual (un notable avance con respecto a la edad dorada). Además, hay conciencia de la potencialidad del sonido y la música para crear una atmósfera de suspenso.

La ciudad cobra valor delante de la cámara. Dos ladrones de medio pelo lanzan un cuerpo al río Guaire. Una transacción criminal se salda en el obelisco de la plaza Altamira. La inseguridad caraqueña se palpa en la puesta en escena.

Las clásicas postales adquieren la profundidad de campo de una interesante visión panorámica sobre el horror cotidiano. La impunidad, asumida como estilo de vida, define a los referentes de la historia.

Llama la atención el enfoque de los hermanos Bencomo. A diferencia de la tendencia progresista en boga, ellos eluden la salida fácil del moralismo ramplón, aleccionador, tranquilizador, panfletario. Evitan juzgar a los criminales de la trama. Cumplen con mostrar la normalización de la violencia en un tejido social darwinista, de perro come perro. Por tanto, los atisbos de falsa esperanza se quiebran desde el principio hasta la conclusión.

Pipí mil, pupú dos lucas es metáfora de un país signado por el rebusque, la deshumanización de las almas, el individualismo llevado al extremo de Los Juegos del Hambre. La lealtad se esfuma. La traición rinde dividendos, al costo de matar la confianza en el porvenir. Malas noticias para quienes creen fundar una patria querida de buenos ciudadanos. Será en las comiquitas y los noticieros estelares (censurados). La cruel verdad se parece más al (imperfecto) largometraje de los hermanos Bencomo.

Analizándolo con lupa, las costuras le afloran al cojín. Diálogos y personajes merecen mayor profundidad. Lo mismo con la anécdota, difuminada y acortada de manera abrupta. No obstante, debemos darle el beneficio de la duda, una segunda oportunidad, pues estamos ante el inicio de una trayectoria prometedora.     

En último caso, Pipí mil, pupú dos lucas tiene su agradecido costado de revulsivo, de pequeña rebelión contra un sistema oneroso, inviable y parasitario. Después de todo, lo mejor es regresar a las fuentes, a las raíces.

Olvidarse de las trabas burocráticas y emprender aventuras personales. Así lo hicieron Roger Corman, Robert Rodríguez y Clemente de la Cerda en el pasado. Vaya cómo les admiramos. Así lo hacen ahora los hermanos Bencomo. Vaya nuestro saludo para ellos.