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César Pérez Vivas

Balance desolador

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Los voceros de la barbarie roja que nos gobiernan presentan constantemente un balance de los resultados del arbitrario cierre de nuestra frontera con Colombia. Da pena oír a los jefes políticos y militares de la autocracia  explicar lo que ellos consideran resultados positivos de tan cuestionada medida. La realidad nos muestra un balance desolador de la frontera más viva del continente sudamericano.

Ni en Venezuela, ni en el resto del mundo se conoce en detalle la naturaleza de esta frontera. Mucha gente no tiene información, ni entiende la conformación de ese espacio geográfico, que sirve de asiento a un universo de más de 3 millones de personas. Se trata de una conurbación de amplio espectro, que ha venido asentándose a lo largo de muchos años. Para muchos, resulta ilógico la existencia de familias que viven en un pueblo colombiano y trabajan en otro venezolano, o viceversa; o que viviendo en territorio venezolano estudien en centros educativos colombianos, para lo cual solo deben cruzar un puente y recorrer unos pocos metros o kilómetros, según el caso.

Ciertamente, la riqueza petrolera del último siglo venezolano ha operado como un imán que atrajo hacia nuestro país a importantes contingentes de personas provenientes de diversas partes de Colombia, pero también de otros países andinos. Esto ha permitido el desarrollo de los asentamientos humanos  a un lado y otro del río Táchira, con sus propias particularidades económicas, que históricamente han buscado beneficiarse de las ventajas que puedan existir en ambas economías. En la zona de frontera se ha instalado una plataforma industrial y comercial que trabaja para ambos países, la misma llegó a tener operaciones de comercio binacional y multinacional, hasta por 7 millardos de dólares anuales. Era la frontera pujante, productiva de los tiempos de la integración económica, ordenados y promovidos por las normas de la Comunidad Andina de Naciones.

Hugo Chávez, quien se ufanó de ser un “gran bolivariano”, llegó al poder para destruir esa pujante realidad y ese sueño integrador que tanto quiso nuestro padre de la patria. La obsesión chavista por entenderse con la narcoguerrilla colombiana lo llevó a dinamitar todo el avance logrado tras años de laborioso trabajo, hasta el punto de reducir a cenizas uno de los asentamientos industriales más importantes del país, y uno de los flujos comerciales más importantes para nuestra economía. Chávez prefirió retirar a Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones, arruinar nuestro intercambio comercial con Colombia, Ecuador y Perú. Detener el programa de infraestructura vial, ferrocarrilera y aeronáutica con nuestros vecinos andinos, que avanzar en el sueño bolivariano de una patria grande. El chavismo pasará a la historia como un movimiento político liderado por un militar ignorante, que hizo retroceder medio siglo los procesos de integración que habíamos construido como naciones modernas y civilizadas.

La frontera productiva, la generadora de riqueza, la industrializada, la promotora de comercio sano pasó a la frontera parasitaria y corrompida. Chávez prefirió gastar los dólares en privilegiar el intercambio con países más al sur, como Uruguay, Argentina y Brasil, en el caso latinoamericano; y con China fuera de nuestro continente. Y ahora Maduro busca acuerdos en materia agrícola y pecuaria con Vietnam, cuando aquí al lado nuestros vecinos de Colombia nos demuestran cada día cómo crecen en la producción de alimentos; pues han generado una ganadería, una agricultura y una agroindustria de alta calidad y productividad.

Esa frontera productiva tenía igualmente muchos problemas de seguridad e infraestructura. Estos problemas se han multiplicado exponencialmente con la llegada del castro-chavismo al poder. En estos 16 años de régimen autocrático la infraestructura se ha deteriorado sensiblemente, sobre todo la de las comunicaciones de todo tipo. El chavismo nunca invirtió en los proyectos de desarrollo que habíamos diseñado en los finales del siglo XX. Una muestra de ello, es que aún nos comunicamos con la frontera por las mismas carreteras y cruzamos el río por los mismos puentes. En estos tiempos de revolución no se logró igualmente avanzar en construir instalaciones educativas, de salud, y de servicios públicos. Hoy la frontera sufre los rigores de la falta de agua potable y de energía eléctrica porque del inmenso festín de los dólares petroleros, no le llegó nada. Chávez jamás quiso invertir en el desarrollo de nuestras fronteras.

Al instalarse el modelo de economía comunista, vale decir, fuertemente estatizada y con férreos controles, se instaló el paraíso de la corrupción.

La nueva frontera socialista ha sido la de la corrupción y la violencia que la misma genera. En efecto, el modelo de economía socialista, altamente rentista y parasitaria, ha producido un crecimiento exponencial en la salida de bienes hacia el exterior que solo se explica por la brutal corrupción existente en la gran mayoría de los funcionarios públicos responsables de comercializar y controlar el mercadeo de esos bienes.

Al pretender corregir de manera repentina esos males, sin atacar las causas que lo han generado, el régimen deja una saldo desolador en el campo humanitario, social y económico, pues ha cambiado la vida de miles y miles de seres humanos sin ofrecer alternativas para reorientar la vida de tan voluminoso conglomerado de personas.

El saldo es hoy desolador y deplorable. Jamás midieron las consecuencias de tan brutal medida, y hoy solo aparecen tratando de tapar tamaño desaguisado con balances maquillados que buscan mostrarse como sensibles a los problemas humanitarios, cuando el mundo pudo ver de cerca el rostro bárbaro de una cúpula deshumanizada y ambiciosa de perpetuarse en el poder.