• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

La felicidad nacional bruta

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I.

Desde hace un buen rato el producto interno bruto, el famoso PIB, ya no es más el indicador fundamental a través del que los terrícolas desciframos cuán bien (o mal) nos está yendo en la vida. Cierto, ahora se dispone de criterios y métodos que permiten evaluar, más allá de lo que crece la economía, otros planos por los que también se desliza la existencia humana, hasta pretender calibrar la felicidad per cápita. Menuda tarea ésta, pues la felicidad no es cuestión sencilla, depende de numerosos imponderables y está sujeta a múltiples significados que, además, varían con el tiempo. Pero lo importante es que se ha avanzado en su tratamiento conceptual y político, lo cual resulta esencial para un mundo que trata de repensar los fundamentos sobre los cuales se ha construido.

Hoy en día la felicidad cuenta, así pues, con su lugar en la agenda de las preocupaciones colectivas, e incluso se habla de la “economía de la felicidad”, un espacio en el que concurren sociólogos, psicólogos y otros científicos sociales, a fin de ampliar el abanico de indicadores que permitan tasar la situación de los países. Por ejemplo, Bután –una pequeña isla de Indonesia– ha dejado de calcular el producto interno bruto y lo ha sustituido por la felicidad nacional bruta. También lo han hecho, con sus lógicas diferencias, otros países, y se cuenta también con varios índices de carácter global que aspiran a recoger nuestro grado de felicidad.

 

II.

En resumen, domina el convencimiento de que no sólo de su ingreso vive el hombre y que el mero crecimiento de la economía no es una buena fotografía. Hay, según los estudios realizados, otros aspectos que gravitan en el grado de contentura de la gente. Los mismos convergen al señalar la relevancia del empleo de buena calidad, la vida familiar armoniosa, las relaciones sociales, la salud, la educación, la vida política y los valores comunitarios. Y coinciden, también, en indicar que la depresión es el factor que, hoy en día, genera mayor grado de infelicidad. Se trata, así pues, de investigaciones promisorias, que encajan de alguna manera con reflexiones más de fondo, según las cuales lo crucial estriba en plantear un nuevo modelo socio-económico que transforme de raíz las relaciones de poder, las instituciones sociales, los vínculos con los demás, las reglas éticas, las actitudes hacia el entorno natural, y, en última instancia, nuestra conciencia.

 

III.

Visto lo anterior, el recién creado Viceministerio para la Suprema Felicidad Social simplifica un tema que, en lo intelectual y en lo político, es de gran calibre. Desprestigia, lástima, una idea relevante al convertirla en una iniciativa burocrática mal cosida, suerte de disparo al aire, envuelta en un discurso estridente y engañoso al que se le ven las costuras demagógicas. La vuelve, lástima otra vez, parte de la historia de las numerosas ficciones revolucionarias, apenas disimuladas por la renta petrolera, que han dado al traste con un proyecto político inicial que debió ser, según el anhelo de la gente, pero que se ha quedado en simulacro, mientras la realidad mira para otro lado.  

 

Harina de otro costal

Como diría un sociólogo, en Venezuela se han ido disolviendo los consensos normativos que marcan la convivencia y la coherencia respecto al funcionamiento de cada día. El país parece poco previsible, casi cualquier cosa puede ocurrir. La desconfianza se ha hecho parte de nuestra estructura social y la impunidad es hábito.

Por eso el abuso en nuestras calles y autopistas, el trajín para entrar en cualquier estadio, la licuadora que te reparan mal, los golpes en la Asamblea Nacional, 20.000 asesinatos y quién sabe cuántos secuestros al año, el viajecito al exterior para raspar la tarjeta de crédito, miles de empresas de maletín defraudando a Cadivi, gente orinando en la calle porque los riñones aprietan, la demora eterna en la salida de un avión, la basura amontonada, los pranes adueñados de las cárceles, los “colectivos armados” imponiendo lo que se les antoja, la solicitud de una ley habilitante sin razón democrática que la explique y, así, un rosario infinito de desarreglos y arbitrariedades que marcan la vida nacional.

No sé a usted, pero a mí me parece que en el país vive la arbitrariedad, la confusión y el desorden propios de una caimanera de beisbol.