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Eduardo Mayobre

La vara mágica

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Rodolfo Izaguirre publicó en El Nacional, hace dos domingos, un ameno y oportuno artículo titulado “El intérprete ruso”. En él se refiere a la burocracia de los países socialistas y a una peripecia suya en Rusia por causa de la misma. El artículo me recordó una experiencia vivida en La Habana, a finales de los años ochenta, la cual confirma el mensaje de Izaguirre.

Debía viajar a Cuba en visita oficial en mi para entonces condición de presidente del Instituto de Comercio Exterior. El gobierno cubano había solicitado, y habíamos accedido, ampliarle la línea de crédito preferencial para estimular el intercambio comercial entre los dos países. Antes de viajar almorcé unas dos veces con el encargado de negocios de la nación antillana con el objeto de preparar la agenda. Le dije que desearía reunirme, si era posible, con Regino Boti.

Regino Boti era un buen amigo de mi padre. Habían sido compañeros de trabajo en la Cepal en los años cincuenta, ambos exilados. Esperaban el derrocamiento de las respectivas dictaduras militares de Cuba y Venezuela. Como en nuestro país parecía no pasar nada y en Cuba se empezaba a tejer el aura de la lucha guerrillera, discutían el problema. Diferían en cuanto a si la insurrección armada o la resistencia civil eran los caminos más eficaces para derrocar la dictadura y establecer un gobierno progresista. Regino terminaba su discurso diciendo: “¡Viva el comandante Castro! ¡No coma mierda!”. El 23 de enero de 1958, un año antes de que cayera Batista, huyó el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez y comenzó la democracia. Al día siguiente lo primero que hizo mi padre, quien estaba destacado en Río de Janeiro, fue enviarle un cable a Regino Boti con el texto: “¡Viva el comandante pueblo! ¡No coma mierda!”.

Después del derrocamiento de Batista, Regino Boti fue el primer ministro de economía de la revolución, entre otras razones porque había preparado, junto con Felipe Pazos, el programa económico del Movimiento 26 de Julio. Poco tiempo después fue sustituido en el ministerio y relegado a posiciones cada vez de menor importancia política. Pero permaneció en Cuba y no fue perseguido.

En el segundo almuerzo, el encargado de negocios cubano me aseguró que no había ningún problema para la entrevista con Boti y que la prepararían para efectuarla durante algún intervalo de la agenda oficial.

Durante la semana que pasé en La Habana pregunté varias veces cuándo vería a Regino, a quien conocía desde niño y me era muy simpático. Cada vez me respondieron, al igual que a Izaguirre en Moscú: “Todo va marchando, no se preocupe”. Pero alegaban que no podían ubicarlo. Hasta que me convencí de que difícilmente lo vería y me abstuve de preguntar nuevamente.

El último día de la visita a Cuba tendría la entrevista más importante: con Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente vitalicio de la república y máximo líder del ala civil del gobierno. Me recibió rodeado de ministros con quienes ya me había entrevistado. Me preguntó si era pariente de José Antonio Mayobre. Le respondí que era su hijo. Se extendió entonces sobre la relación que tuvieron. Me explicó que él había sido tradicionalmente el delegado de Cuba a las reuniones de la Cepal y cuando mi padre fue secretario ejecutivo de ese organismo de las Naciones Unidas habían compartido muchas veces.

Luego de una pausa, el vicepresidente, quien tenía una mirada inteligente, me comentó que en Cuba vivía un gran amigo de mi padre, Regino Boti. Y me preguntó: ¿Lo ha visto? Le respondí que había tratado de hacerlo, pero los funcionarios me habían dicho que no les había sido posible localizarlo. Carlos Rafael Rodríguez exclamó: “¡No puede ser!”. Se dirigió hacia alguno de los ministros y le dijo: “¡Tiene que verlo!”.

Concluida la entrevista en el Palacio de la Revolución, me condujeron a la Casa de Protocolo en la cual me alojaban. El recorrido tardaba unos veinte minutos. Cuando llegué a la casa tenía una sorpresa: estaba ahí Regino Boti. La vara mágica del poder había obrado el milagro y se había sobrepuesto a los miedos de una burocracia (incluidos ministros) que no sabía si mostrar o no a ese líder civil original de la revolución, quien a pesar de haber sido degradado nunca había abandonado su patria.

Luego de los abrazos correspondientes y el intercambio de noticias, Regino me dijo: “Mis amigos internacionales creen que yo estoy en Siberia. Pero no es así”. Enseguida abrió su cartera y me enseñó las fotos de su segunda esposa, bonita y mucho más joven que él, y de sus hijos.