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Rodolfo Izaguirre

El intérprete ruso

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Para Marco y Mercedes

 

“Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos”; “administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas” son acepciones de la palabra burocracia anotadas por el DRAE. Conozco la venezolana por padecerla; me azotó la cubana las veces que estuve en el “mar de la felicidad”, y como coronación de las agonías sufrí la soviética en tiempos de Leonidas Brezhnev la vez que, aprovechando el Festival de Cine de Moscú, quise entrevistarme con Viktor Privato, entonces director de la Cinemateca soviética, sin lugar a dudas, una de las más ricas del mundo y depositaria, entre otros valiosos tesoros, de los filmes nazis sobre las atrocidades durante el Holocausto.

Lo primero que pedí al intérprete que me asignaron fue que me consiguiera una entrevista con Privato. “Estaré quince días en Moscú –le dije–. Vengo de Caracas, y no quiero perder la ocasión de conocer la Cinemateca”. “Su petición va por buen camino”, “todo va marchando”, “no se preocupe, pronto tendremos vía libre”, respondía el pieribodichk cada vez que preguntaba por Privato. Tres días antes de mi partida, desesperado, conminé al muchacho: “¡Llama a Privato! ¡Agarra el teléfono y llámalo! ¡Es lo que hacemos en Venezuela que está en el fin del mundo!”. No era posible. Supe que el fin del mundo, al menos en lo que a burocracia se refiere, se encontraba precisamente en Moscú. Había que escalar inexpugnables y espesas capas burocráticas que un intérprete o una llamada telefónica no eran capaces de vencer. La mañana de mi regreso, mientras preparaba la maleta, apareció Viktor Privato en el hotel. No visité la Cinemateca; pero Viktor regaló a la nuestra varios filmes clásicos soviéticos y mi intérprete no pudo evitar mostrar su satisfacción por haber asistido, aunque fuese en un último momento, a la entrevista en la que se habló de cine y de futuros acuerdos e intercambios.

El pieribodichk era un joven de evidente descendencia aristocrática: apuesto, de suaves modales y firme dominio del español. Experto en economía se mostraba interesado en las peripecias del petróleo. Resultaba grato estar con él porque conocía la historia de Rusia, la idiosincrasia del país, los secretos de la vida cotidiana y respondía a mis preguntas con discreción: ¡sabía hasta dónde podía llegar! No obstante sus avanzados conocimientos del español, me esforzaba por hablarle con lentitud, articulando las palabras. Era lector de García Lorca, de Antonio Machado y guardaba referencias sobre Rómulo Gallegos y Mariano Picón Salas. Tuve que explicarle, en todo caso, lo que significaba el cinetismo y cómo eran las obras de Jesús Soto o de Carlos Cruz Diez, impensables bajo el imperio del realismo socialista.

Abrumado por la tardía comparecencia de Viktor Privato, cumplía, sin embargo, puntualmente, sus tareas de intérprete y nos acompañaba en nuestros paseos y diligencias. La vez que Belén salió del inmenso hotel Rossiya a poner una carta y en lugar de tomar a la derecha lo hizo a la izquierda para perderse, fue él quien finalmente la encontró exhausta, pero con vida. Un día supimos que tenía compromisos con su novia; le dimos el día libre y, cómplices, prometimos guardar silencio: algo inusual en un país practicante de la delación desde los tiempos de Stalin. De allí que agradecía mi delicadeza por no acusarlo y por hablarle con lentitud porque con nosotros estaba viviendo su segunda experiencia como pieribodichk y, perturbado por el recuerdo de sus inicios como traductor, nos confesó que dos semanas antes tuvo que acompañar y ser el intérprete de un grupo de… ¡boxeadores cubanos!