• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Juan Barreto

La burguesía desnuda

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El sociólogo mexicano Hugo Zemelman planteó en su momento la recurrencia del ciclo fascismo-democracia liberal como fórmulas de dominación y hegemonía burguesa, dependiendo del estado o momento de las relaciones de fuerzas entre grupos dominantes y grupos subalternos. Para Zemelman, los regímenes autoritarios de corte fascista son fórmulas de choque de transición fascista marcados por el reajuste económico neoliberal y la represión para corregir la relaciones de fuerza a favor de las luchas anticapitalistas y antiimperialistas.

El fascismo aplasta el movimiento de masas y crea las condiciones para el predominio de una burguesía fuertemente vinculada al capital transnacional extranjero. La demolición del movimiento de masas es la precondición para el resurgimiento negociado y tutelado de ciertas garantías de cierta democracia liberal, como la votación secreta, la legalización de ciertos sindicatos y prácticas de los partidos, pero garantizando las condiciones jurídicas y políticas, que controlen en cualquier circunstancia la presión de las masas y la agudización polarizada de las contradicciones de clase.

Estos regímenes “mixtos” están en práctica en Chile, luego de la salida del régimen de Pinochet del poder, y se ensaya con éxito en Honduras, luego del golpe de Estado.

La burguesía transnacional, a través de este método, subordina al resto de las clases a su proyecto hegemónico. Esto no ha sido posible en Venezuela porque el auge de masa que comenzó con el Caracazo del año 89 coincidió con una crisis política-institucional del aparato de Estado y los partidos representantes de la clase dominante. Asimismo, coincidió con una crisis al interior del aparato militar, que sincronizó la máquina de represión y aplastamiento del Estado, permitiendo el ascenso al poder de Hugo Chávez y la revolución bolivariana.

En Venezuela ocurrió lo que podríamos llamar una crisis hegemónica del proyecto histórico de la clase dominante. Cuando esto ocurre, o los sectores fascistas ocupan el espacio de la democracia liberal y llegan en relevo a ocupar el espacio dejado por la democracia representativa; o se avanza en un sentido revolucionario de activación de un movimiento de masas de izquierda. La revolución bolivariana encarnó la activación del poder constituyente y el lugar de la multitud popular.

Para Zemelman, el desmoronamiento de la legitimidad burguesa arrastra a sus instituciones y los partidos tradicionales que no aseguran la hegemonía política, en ese momento la clase burguesa promueve a sus mejores cuadros para ocupar el vacío político. Las élites burguesas pasan a ocupar el papel de dirigentes políticos para salvaguardar sus intereses de clase a cualquier costo, combinando simultáneamente los mecanismos de coerción y consenso y mimetizándose con consignas del poder popular. Para ello cuentan con la fuerza de la costumbre, las tradiciones conservadoras, los sistemas de creencias, el modelo educativo, los medios de comunicación y, en fin, con todo lo que se conoce como aparatos ideológicos.

La pregunta es ¿cuánto tiempo puede soportar sin violencia el desmoronamiento de sus formas de legitimación? O, como dijera Gramsci: ¿durante cuánto tiempo pudiera abstenerse de “desbordar los contenidos éticos del sistema político sin mostrar su propia naturaleza”?, es decir, el fascismo es la burguesía desnuda.

Por lo tanto, el fascismo se erige como alternativa política de las clases dominantes en su guerra histórica contra los pobres y su proyecto, allí donde la guerra se hace total y la restitución de su legalidad pasa por la aniquilación del otro. Es en el interjuego entre identificaciones reactivas o identificaciones afirmativas donde se juegan las oscilaciones de las aspiraciones y demandas de las franjas importantes de los sectores medios en el respaldo al fascismo o a la construcción del socialismo.