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Tulio Hernández

Un paso al frente

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No hay otra interpretación posible. No es necesario ser especialista en análisis del discurso para saber que fue una confesión de fracaso y una afirmación de la voluntad de no cambiar de rumbo. De seguir fracasando. Se puede valorar como un intento válido y estratégico de salto hacia delante. Como otro esfuerzo supremo para simular que es un gobernante sólido y que, de ahora en adelante, los hilos sueltos de la economía, el dólar párelo y el desabastecimiento cruento serán recogidos y reordenados por su mano fuerte y diligente.

Pero no fue eso lo que quedó en el aire. Hay que decirlo sin eufemismo: en su nuevo abuso de poder, en la cadena radioeléctrica de tres horas y media, el pasado miércoles 3, para decirlo en habla popular, el alma en pena que nos gobierna quiso hacer una gracia y le salió una morisqueta.

Al intentar culpar, otra vez, de todo lo que nos pasa, a los enemigos de siempre –el imperio, el capitalismo, la oligarquía, los medios privados, la dirigencia opositora– el hombre que heredó el poder por obra y gracia del dedo autoritario del gobernante que se fue, no hizo otra cosa que escupir para arriba, allí donde habita, según la fábula roja, el capitán general de la felicidad suprema.

Fue grave lo que dijo. Con ese tono reiterado de muchacho a punto de hacer puchero, el jefe de gobierno de este país, afirmo literalmente que “con el actual orden económico, con las actuales instituciones existentes, no podemos avanzar en la transición hacia el socialismo”. Y agregó: “Porque el actual orden económico, dominado por lo que yo llamo el cadivismo, ha sido penetrado por la corrupción y la corrupción es manejada por la burguesía nacional”.

El asunto es doblemente grave. Desde el punto de vista de los “revolucionarios”, porque es obvio que Maduro está condenando, de modo implacable, al hombre que se supone es como su padre. Está diciendo que luego de catorce años gobernando el país, con todos los poderes y recursos en sus manos, el comandante en jefe no logró siquiera transformar el aparato económico heredado del bipartidismo abyecto. Dice también que el comandante no logró eliminar la corrupción, la causa principal con la que intentó justificar el levantamiento en armas que condujo en 1992 contra un gobierno democráticamente elegido. Y, lo que es peor, le está acusando de ser un blandengue que le permitió a la burguesía, contra la que juró lucha a muerte, no solo seguir con vida sino controlando y manipulando su propio aparato de poder.

Desde el punto de vista de la democracia y el futuro nacional, también es grave. Porque entre las alternativas que propuso Maduro en su extensa intervención no hay ninguna propiamente económica, no hay ajustes que vayan al fondo del problema –resolver el dilema del diferencial cambiario, reducir el gasto fiscal, atender las causas reales que han reducido la capacidad productiva del país– sino nuevas medidas de regulaciones gubernamentales que nos advierten que no habrá retorno.

Las palabras dominantes fueron “protección” y “control”.  Según el hombre que utiliza el verbo “caotizar”, el problema no es de lógica económica, es moral. Dijo, catorce años después, que nuestro modelo económico ni siquiera era un capitalismo, sino un capitalismo pervertido, parasitario y ladrón. El problema no es la escasez, es la especulación. El precio desbocado del dólar paralelo no es producto de las fuerzas poderosas de la oferta y la demanda, sino de las artimañas de los dueños de la página web Dólar Today. Un carro usado cuesta más que uno nuevo, no porque no hay suficiente oferta, sino por el sabotaje de la página Tucarro.com. Es la maldad de los opositores, no el fracaso de una política económica.

Viene al caso el chiste aquel de militar que grita a la tropa: “Estábamos al borde del abismo decidimos dar un paso adelante”. El gobierno no hará correctivos estructurales. Hará control de precios. No hará previsiones a futuro, hará populismo. En las cercanías de 2014 todos pagaremos las culpas. La ortodoxia estatista ataca de nuevo. El fracaso también puede ser una obsesión.