• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Héctor Faúndez

¡No en Venezuela!

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En lo que se considera una decisión histórica, el Tribunal Supremo Federal de Brasil ha decidido encarcelar a 11 de los 25 reos condenados en el proceso de corrupción política conocido como el caso mensalão, que involucra a líderes históricos del oficialista Partido de los Trabajadores, incluido José Dirceu, uno de sus cofundadores y ex ministro del ex presidente Lula da Silva. Al igual que otros de sus coprocesados, Dirceu ya se entregó a las autoridades y, mientras se resuelve el recurso de apelación intentado en contra de esa sentencia, deberá cumplir una pena de 10 años y 10 meses de prisión, en un régimen que supone dormir en la cárcel y trabajar de día en una actividad social.

En Venezuela no podemos imaginar que Diosdado Cabello o Rafael Ramírez puedan siquiera ser acusados de corrupción, y mucho menos condenados. ¿Qué es lo que ha hecho que un personaje tan poderoso y tan influyente en la política brasileña pueda haber terminado en la cárcel, aunque sea con una sentencia tan inocua como la dictada en su contra? ¿Cómo es posible que una figura tan relevante del partido de gobierno, y tan cercano al ex presidente Lula da Silva, haya sido condenado por corrupción y termine en prisión?

Uno de los magistrados del Tribunal Supremo recordó que en las cárceles de Brasil había millares de condenados por pequeñas cantidades de marihuana, pero poquísimos condenados por grandes delitos; según ese magistrado, para ir a la cárcel en Brasil hay que ser muy pobre y estar muy mal defendido. ¿Por qué, en este caso, no se atendió lo alegado por Dirceu, que sostenía que este era “un juicio político”, “sin pruebas”, para condenar la experiencia histórica de un gobierno progresista y popular como el del ex presidente Lula da Silva? ¿Por qué el ex presidente Lula da Silva y la actual presidente de Brasil, Dilma Rousseff, prefirieron guardar silencio y no salir en defensa del camarada Dirceu?

La opinión pública se manifestó en las calles y pidió prisión para los involucrados en este escándalo de corrupción; pero lo cierto es que, si los jueces llamados a conocer de este proceso penal no hubieran actuado con independencia e imparcialidad, el resultado hubiera sido otro muy diferente. En este sentido, es digno de destacar que, aunque la mayoría de los jueces que hoy integran el Tribunal Supremo Federal fueron designados por los gobiernos del Partido de los Trabajadores, encabezados por los presidentes Lula da Silva y Dilma Rousseff, dieron una muestra de independencia y de decoro que ya quisiéramos ver en escenarios más cercanos.

A diferencia de lo que pueda ser nuestra propia experiencia, es evidente que los magistrados del Tribunal Supremo Federal de Brasil no son citados a reuniones semanales, en el Palacio Presidencial, para recibir instrucciones del Poder Ejecutivo. Con todas las reservas que podamos tener en cuanto a esta sentencia (particularmente por las penas impuestas, por las cortesías que se ha tenido con los condenados, y porque no se les ha exigido devolver el dinero defraudado), debemos convenir en que la condena de políticos corruptos es un hecho encomiable, que invita a pensar que es posible contar con un sistema judicial serio y respetable, en el cual se pueda confiar.

Pero, con todos los escándalos de corrupción que nos agobian, falta mucho para que veamos una respuesta similar en Venezuela. Difícilmente veremos aquí a un dirigente del PSUV condenado por jueces que obedecen instrucciones de ese mismo partido, que carecen del sentido del honor, y que declaran que la independencia de los poderes públicos es una idea obsoleta. Mientras eso no cambie, el patrimonio del Estado seguirá confundiéndose con la fortuna de quienes nos gobiernan.