• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Mayobre

Dolarización

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La pérdida de valor de la moneda nacional o, lo que es lo mismo, la inflación ha conducido a los venezolanos y a los factores económicos a procurar contar con la menor cantidad posible de bolívares fuertes. No porque quieran ser pobres, sino porque prefieren que la mucha o poca riqueza que posean no pierda su valor. Por ello, tan pronto como pueden convierten sus bolívares en harina de maíz, azúcar, queso, licores, carros, inmuebles u obras de arte, convencidos de que cualquiera de esos bienes mantendrá un mayor valor que sus billetes o depósitos bancarios.

A tal actitud los economistas la llaman “falta de demanda de dinero”. Se entiende que no es falta de demanda de cualquier moneda, sino de esta moneda específica, la que intenta glorificar el nombre del Libertador Simón Bolívar. Porque, como contraparte de la debilidad de la demanda de moneda nacional, la demanda de las monedas convertibles crece desmesuradamente. En nuestro caso, particularmente la demanda del dólar norteamericano: la divisa del imperio.

Esto ha ocurrido anteriormente en América Latina, en especial durante la llamada década perdida de los años ochenta. Condujo a innumerables devaluaciones y cambios de moneda (equivalentes al paso del bolívar tradicional al bolívar fuerte) insuficientes, en casi todos los casos, para detener el alza acelerada de los precios y el rechazo a la moneda nacional. Recuerdo, por ejemplo, haber visto cómo en Río de Janeiro y Buenos Aires buhoneros vendían como simple papel los billetes de denominaciones anteriores (austral, cruzado, etcétera).

La desesperación ante la falta de demanda por la moneda nacional llegó a tales extremos que a principios de la década de los noventa muchos economistas plantearon eliminarlas y utilizar como moneda el dólar norteamericano. A esto se le llamó la dolarización de las economías. En algunos casos se trataba de sincerar una situación de hecho, pues en realidad el dólar se había convertido en la medida de valor. En otros, de una política extrema para detener la inflación, a pesar de los costos sociales y de soberanía que implicaba.

Hay dos ejemplos emblemáticos. En Argentina se fijó la moneda de manera supuestamente irreversible al dólar norteamericano hasta que a principios de este siglo no se pudo mantener tal paridad, lo cual provocó una crisis social y política de grandes dimensiones. En Ecuador, se eliminó la moneda nacional, el sucre, a la cual ni siquiera el autodenominado gobierno nacionalista de Correa ha querido revivir.

En Venezuela estamos viviendo actualmente un caso de dolarización de hecho. El bolívar se utiliza solo para transacciones menores, como pagar el autobús, mientras los precios de la mayoría de los productos están relacionados con el valor del dólar. Para tratar de que esto no suceda el gobierno recurre a medidas represivas ineficaces, que acentúan la dolarización y la desaparición del bolívar como moneda. Siguiendo un precedente histórico, Sucre murió primero, después Bolívar.

La relación entre moneda y soberanía es importante. Cuando no se tiene moneda propia las políticas económicas dependen de las autoridades económicas a las cuales se está atado. Lenin llegó a decir que “la mejor manera de corromper el sistema capitalista es corromper la moneda”. Eso vale para cualquier sistema o régimen. Al corromper el bolívar, moneda nacional, el gobierno está atentando contra la independencia del país. Está atando el bienestar de la población a los precios de las importaciones, por supuesto denominados en divisas.

En Cuba, donde se descendió a una situación parecida, se anunció en estos días, sin explicar cómo, la intención de unificar la moneda nacional, peso cubano (CUP), y el peso convertible (CUC), el primero aplicable a quienes no tienen otra alternativa y el segundo utilizado por quienes pueden, por una u otra circunstancia, acceder al dólar norteamericano. La diferencia entre ambas monedas es de 1 a 24. En nuestro caso actualmente es “solo” de 1 a 7. Pero la perversión es la misma. Con la diferencia de que en Cuba están rectificando y en Venezuela estamos innovando.

La dolarización de hecho de la economía en la cual nos estamos adentrando beneficia a quienes tienen acceso a los dólares, a las monedas convertibles, y perjudica a quienes solo pueden actuar con bolívares fuertes (las mayorías menos pudientes de la población). Tal discriminación además de ser totalmente perjudicial para los estratos más pobres ocasiona todo tipo de tipo de corruptelas, porque como ha dicho el flamante vicepresidente del área económica, ministro de petróleo, dueño de la industria de los hidrocarburos y novio de la madrina, el cambio controlado es una fuente que alimenta al mercado paralelo, donde se ahoga la moneda nacional.