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Edgardo Mondolfi

El enigma SAC

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Me preciaba de saber casi todo cuanto podía saberse acerca de Simón Alberto Consalvi hasta que concluí la lectura de la biografía que María Teresa Romero le ha consagrado en tiempos recientes. Al cabo de transitar sus trescientas y tantas páginas me vi arrinconado por dos certezas. La primera era que, a pesar de tantos años de amistad y trato, lo que vine a saber de él era apenas una somera referencia comparado a la vastedad de sus ejecutorias. La otra es que seguramente el propio SAC se habría sorprendido, tanto como ninguno, de descubrir detalles de su vida pública que habían permanecido olvidados desde hacía mucho tiempo.

Lo que sin duda le permitió a Romero llevar a cabo esta proverbial faena de la cual viene a ser constancia su libro El enigma SAC, publicado por Alfa, fue la oportunidad que tuvo de revisar, a lo largo de cinco años, los numerosos documentos que integran el archivo personal de Consalvi. Ahora, en poder de sus lectores, esa masa de materiales, procesada por la autora, abre la posibilidad de formular nuevos entendimientos acerca de quien vino a convertirse en uno de los protagonistas más ricos de nuestro proceso democrático por la variedad y calidad de sus iniciativas.

Batallando contra papeles que sólo ofrecían la respuesta agreste del polvo, María Teresa fue organizando el suficiente caudal de información para ahondar en los vericuetos de la vida y entorno político de SAC. Palabras más, palabras menos, esta es la forma como Inés Quintero valora la hazaña. Pero Quintero también ha consignado en el prólogo a esta obra una observación que conviene retener para comprender mejor el calibre de la empresa: “No había índices, tampoco una organización sistemática, se trataba de numerosas cajas de documentos, muchas de ellas sin un trabajo previo de clasificación temático o cronológico”.

Obligado a administrar a duras penas lo que me queda de estas líneas sin sentir que le estoy haciendo un desplante al formidable trabajo de la autora, quisiera detenerme en uno de los temas del libro que más vale la pena ponderar. Me refiero a la trayectoria de quien, siempre enemigo del gesto autocongratulatorio, desplegó una actividad política que lo convirtió en un auténtico crítico de su propio partido sin desarrollar, como también lo ha observado Elías Pino Iturrieta, una campaña de descrédito contra la etapa de la democracia representativa. Para Consalvi, una cosa era llamar la atención sobre los tornillos oxidados del sistema, o sobre los proyectos nacionales dejados en estado de embrión, y otra muy diferente replegarse a sus cuarteles de invierno y permitir que el bolivarianismo disparara a mansalva contra aspectos positivos de la convivencia democrática. La prueba de que Consalvi jamás pretendió ponerle maquillaje a la experiencia de 1958-1998 está en la tinta de sus críticas, muchas de ellas recogidas y citadas por Romero.

Pero no sólo de papeles de archivo está hecho el libro. Conviven aquí también numerosos testimonios de quienes lo trataron en distintas circunstancias, así como la voz del propio Consalvi, quien tuvo la más franca disposición de guiar a la autora cada vez que se vio precisada de aclarar puntos oscuros o difíciles de concatenar. El resultado de esta investigación, larga y tenaz, nos remite a la presencia de un actor sólido de nuestra política, pero también a las ejecutorias de un pasado reciente que, en medio de la confusión que vivimos, no halla todavía un adecuado parangón.