• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Las bibliotecas

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Cuando se llega por primera vez a una ciudad o nos detenemos en ella porque nos llamó la atención la belleza de una plaza o la sombra de los árboles sobre la avenida, las mejores informaciones que podemos obtener del lugar las ofrecerán la iglesia y el mercado. La primera, para sopesar el poder que el reino de los cielos ejerce sobre la feligresía y valorar la altura y fortaleza espiritual de los ciudadanos; y el mercado, porque medimos la economía, la otra cara del poder que desde hace 2.000 años pertenece al César; y basta recorrer sus puestos de venta para que las verduras, los vegetales, las carnes, los quesos, embutidos y conservas manifiesten los olores de la prosperidad o de la carestía. Pero Patricia van Dalen, nuestra exquisita y afamada artista plástica, agrega las bibliotecas que para ella deben ser visita obligada y decisiva. Lo dijo en el acto de inauguración de un hermoso mural suyo que, como hojas de libros sembradas en el viento, embellece la biblioteca de la Fundación Herrera Luque en la no menos acogedora Plaza de Los Palos Grandes: un oasis recreativo en este infernal desierto bolivariano que alguna vez se llamó la sucursal del cielo.

¡Es cierto! Las bibliotecas suministran informaciones secretas si aceptamos que la mirada puede extasiarse o no contemplando la arquitectura de la casa de gobierno, las torres de la iglesia, las dimensiones de la plaza y los frutos del mercado, pero en el interior de la biblioteca pública (o privada) discurre una cotidianidad difícil de medir o sopesar ya que roza la inteligencia y la sensibilidad de quienes asisten a ella. Hay allí un silencio voluntario que deriva de la concentración; nos prepara para respirar la luz del entendimiento, nos aleja de la habladuría inútil y nos protege, así sea momentáneamente, de la vulgaridad y el bullicio que tanto nos abruma.

Agreguemos, pues, la biblioteca al mercado y a la iglesia en la seguridad de que encontraremos una relación de equilibrio entre las tres entidades. Impresionará el que reina en la Biblioteca del Congreso en Washington, o en las bibliotecas de Londres, París, Madrid o Barcelona, ciudades en las que se activan opulentos mercados y un tiempo de siglos acaricia sus catedrales. Por eso encontré atolondrada la protesta de un amigo mío al no hallar en la biblioteca de Curazao “un Adriano González León, un Salvador Garmendia”, refiriéndose a los libros de estos reconocidos escritores. Lo decía una y otra vez, obsesivo, hasta que el propio Garmendia le tocó el hombro y con dulzura casi paternal le susurró: ¡Cállese, cállese!

Estoy de acuerdo con Patricia, pero me resulta un tanto cuesta arriba verme visitando la Biblioteca de Curazao ya que nadie en su sano juicio va a Curazao a leer libros en una biblioteca. Sabemos perfectamente lo que vamos a hacer allí (o íbamos a hacer en tiempos más felices que estos bajo el régimen militar bolivariano) que no es otra cosa que comprar camisas, ropa interior; tener un encuentro de segundo o tercer tipo con alguna ansiosa dama otoñal o con algún vigoroso caballero, según el caso; ver llegar en la mañana los peñeros que desde Venezuela traen las legumbres y verduras y padecer la emocionada angustia de los casinos; es decir, alojarnos en el casino que, a su vez, gerencia un hotel en el que, además, se ofrecen tragos gratis mientras vemos perder a los que permanecen hipnotizados en la mesa del bacará.

En un vano intento moralizante podríamos convocar en la Biblioteca de Curazao al fantasma de La Dama de pique de Alexander Pushkin, o leer El jugador de Fedor Dostoievski, a sabiendas de que, de todas maneras, entraremos en el casino para perder el alma en la ruleta o en el blackjack.