• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

Revolución y lechuga

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I.

Aquellos polvos, de hace algunos años, trajeron estos lodos en los que ahora patinamos. Me refiero a la fascinación por el modelo cubano y al desprecio por las reflexiones generadas desde la izquierda de cara al siglo XXI. Aludo a la ideologización fatua de la gestión pública. Al manejo político-electoral de los programas sociales. A la división maniquea del país. Al centralismo como sinónimo de orden y eficacia. A las expropiaciones como equivalente de justicia social. A la manía reeleccionista y al culto a la personalidad. Al caudillismo y a la antipolítica, aderezados ambos con el voluntarismo. A la debilidad de los contrapesos institucionales que caracterizan a la democracia. Me refiero, en fin, a la soberbia de una élite que se hizo adicta al mando, y ha sido incapaz de hacer balances, asimilar equivocaciones y desandar caminos.

 

II.

Aquellos polvos explican, así pues, una historia larga que se diluye hoy en día frente a una cola larga de ciudadanos tratando de comprar electrodomésticos importados. Demuestran que la condición rentista no solo se mantiene, sino que se ha agravado. Evidencian que el desarrollo endógeno es una quimera, que dependemos del exterior y que la situación de los puertos debe ser nuestro principal desvelo. Prueban, pues, que la política cambiaria es la madre de todas las políticas oficiales y que el dólar se encuentra en el centro de las acciones y pensamientos de cada venezolano. Ponen en evidencia, por tanto, que la vida del país se juega en Cadivi, Sicad y siglas similares, especie de lotería sesgada por manejos sospechosos. Expresan, en síntesis, la creación de un contexto en el que es imposible que no pase lo que está pasando, es decir, que no haya leche, que un carro viejo cueste más que uno nuevo, que falten muchas medicinas y que los boliburgueses (y los bolichicos) se reproduzcan, no así el “hombre nuevo”.

 

III.

Desde aquellos polvos, digo, no resulta extraño, entonces, que el gobierno se haya visto embrollado por la inflación, la escasez y esas cosas que nos enredan la vida cotidiana. Ni es raro que se sacuda las responsabilidades y hable de una “guerra económica” para enfrentarla –favor, no olvidar que hay elecciones a la vuelta de la esquina–, queriéndonos hacer creer que la crisis empieza y termina en especuladores nacidos por generación espontánea. No debe llamar la atención, por tanto, que haya creado un organismo nuevo a cuyo mando está un militar y que en vez de diseñar una nueva política económica a fin de encarar las causas, saque del sombrero el conejito milagroso de la ley habilitante para lidiar con los efectos. El gobierno supone que la inflación, la escasez y esas cosas que nos enredan la vida cotidiana tiemblan ante las amenazas y acatan órdenes superiores. Le cuesta admitir, por último, que el origen de la telaraña que nos atrapa se halla en un combo extraviado de conceptos, medidas y maneras de transitar los caminos de la economía, extraviado, sobre todo, si se mira desde el pensamiento de la izquierda actual.

 

IV.

En las filas que los venezolanos hacen para adquirir neveras o televisores se observa, así pues, la fotografía de un descalabro. La fotografía de una propuesta que al principio concitó las mayores esperanzas, pero que se fue maleando con el paso de los años. La fotografía un gobierno de mucha épica y pocas nueces, que nos ha hecho un país cada vez menos productivo, de logros sociales frágiles y temporales, surgidos de políticas mal ideadas e implementadas. De un gobierno políticamente amputado, incapaz de repensarse, encarcelado como se encuentra dentro del mensaje de Chávez. En suma, la foto de un país rentista que presume de socialista, regido no por el bolívar fuerte, sino por el dólar paralelo.

Sorpresas te da la historia, diría Rubén Blades: la revolución bolivariana está dolarizada.

 

Harina de otro costal

 

En el tiempo libre que me deja la desazón nacional me dedico al campeonato de beisbol, en particular, a ver cómo van los Tiburones de la Guiara. Abro un paréntesis para soslayar la realidad y aprovechar esa rareza que es hoy en día el estadio, un territorio público amable, como quedan pocos, en el que no tiene cabida ese relato político según el cual este país es dos países que se excluyen mutuamente.