• Caracas (Venezuela)

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Nelson Rivera

Libros: John Berger

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Hay un Berger reportero, afanado por describir el inventario de las riquezas acumuladas por Picasso, que tiene algo de truculento, de vano exhibicionismo de una información que a fin de cuentas resulta apenas relevante (lo cual nos recuerda que escribir sobre la riqueza de los demás es, en lo esencial, un impulso del resentimiento).

Hay otro Berger historiador-sociólogo, que con zancadas de jirafa intenta recorrer la realidad de un país para así sostener que la España en la que nació y creció Picasso era una geografía de lo desprovisto, pobre y atrasada. También hay un Berger pintor-intérprete de las obras de Picasso, cautivador: maravilla la fuerza y la penetración, el espectáculo de lucha que provoca su aproximación.

Fama y soledad de Picasso (editorial Alfaguara, España, 2013) es un libro irregular y fascinante publicado en 1965 (esta edición incluye un texto de apertura escrito en 1987, en el que Berger ordena un afilado conjunto de notas sobre la época cubista de Picasso). El conjunto tiene algo de reporterismo provinciano, pastiche histórico-sociológico y brillo crítico. La hipótesis por la que avanza es la del niño prodigio fascinado por su creatividad, entregado a la fuerza que actúa a través de él, cuya fuente primordial está en la magia de la infancia.

Pero este relato tiene una etapa de excepción, de discontinuidad: los años en que Picasso generó y fue parte de la corriente cubista, cuyo caudal fue activado por Las señoritas de Avignon. (“Se convirtió en parte de un grupo que, aun cuando no había formulado su programa, trabajaba por entero en la misma dirección. Ese fue el único período de toda su vida en que su obra se asemejó, en cierta medida, a la obra de otros pintores contemporáneos”).

Después de que sus colegas partieran a la guerra en 1914, Picasso se encerró en su prodigio. Ello lo devolvió a su destreza, a su magia, a su energía arcaica (de 1921 es ese dibujo que es la expresión del puro genio: Las bañistas). Los años treinta marcan el comienzo de su despliegue español: el Minotauro, el caballo, el toro y la mujer. Pinturas y esculturas dominadas por una poderosa sensación física. “No sé de ningunas otras obras, por cualquier medio o cualquier arte, que lo fuercen a uno, como lo hacen las mejores obras de Picasso de ese período, a introducirse de modo tan irresistible en la piel de otro hombre, mujer o criatura. Su efecto es mágico. Se diría que, mirando esas figuras, entramos en posesión de sus sensaciones. Soy esa mujer que duerme. Soy esa otra que llora. Soy la mujer que se vuelve para mirarme”. Y así, hasta alcanzar las obras de finales de los años cincuenta, también Berger fascinado por sí mismo, apremiado por la idea de un Picasso atrapado en sí mismo.