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Nelson Rivera

Libros: Patrick Leigh Fermor

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A finales de los años cuarenta, Patrick Leigh Fermor (Londres, 1915) asciende por una carretera de Ruoen, hacia la abadía de Saint Wandrille, ubicada en Normandía, Francia. Fundada en el año 649 ha resistido el paso del tiempo y las guerras. Allí viven unos setenta benedictinos, sumidos en los rituales del silencio. Le conceden pasar allí unas semanas mientras escribe un libro.

Un tiempo para callar (Editorial Elba, España, 2010) reúne tres momentos en el itinerario de Patrick Leigh Fermor: el primero, la estadía ya señalada entre los benedictinos; luego, una corta visita a la abadía de Solesmes, en la región del Sarthe, desde donde se desplaza al monasterio de la Gran Trapa, este bajo los extremos rigores de los llamados monjes de la Estricta Observancia (trapenses); por último, incluyó una breve crónica de su recorrido por los monasterios rocosas de Capadocia.

Prosa que escarba, al tiempo que se mueve, ralentiza su paso. En el primero de los textos, “La Abadía de Saint Wandrille de Fontanelle”, Patrick Leigh Fermor cuenta la aproximación que hace al modo de vivir de los monjes benedictinos. En las primeras páginas no esconde su incomodidad, su rechazo a las rutinas y a una atmósfera sempiterna de oraciones y devoción a Dios. Esto cambia: sin llegar a sumergirse en un mundo que no es el suyo, su sensibilidad se abre a la comprensión de una organización que vive con una profunda fe en los beneficios de la plegaria. Un día le confiesa a un monje que se siente aliviado de no tener que hablar a lo largo del día. El monje le contesta: “Fuera de estos muros se hace un gran abuso de la palabra”.

“Por muy extrañas que puedan parecer a los ojos del homme moyen sensuel, estas son las tareas que absorben gran parte de la vida de los monjes. Su amplia gama va desde la repetición de simples oraciones, a veces acompañadas por el desgranar de las cuentas del rosario entre los dedos, hasta sofisticadas habilidades intelectuales aplicadas a la piedad y la meditación, suscitando, en ocasiones, aquellos arriesgados viajes del alma que después de períodos iluminativos y períodos iluminadores culminan en momentos cegadores de unión con Dios”.

Antes de cerrar: al llegar al capítulo que cuenta la vida que llevan los trapenses, me sentí abatido, sobrepasado por el exceso, por la brutalidad de las disciplinas. Y, a contracorriente del comprensivo relato del inglés, me he estado preguntando si no hay un hilo todavía no explorado (al menos, que yo tenga noticia) entre la lógica de la abadía trapense y la del campo de trabajo, si no hay en lo profundo una genealogía común entre las aspiraciones totalitarias que subyacen en las llamadas Reglas de San Benito y los programas del nazismo y el comunismo.