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Rodolfo Izaguirre

El existencialista

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¡Me lo encontré esa tarde! Había sido condiscípulo mío en el liceo y acababa de regresar de Acarigua, su ciudad natal. Dijo que trabajaba en una revista de intereses generales y se ocupaba de las noticias internacionales. Tenía físico ingrato: demasiados dientes, ojos saltones y una voz que cuando hablaba creía uno que lo hacía una rana. Pero era mi amigo y escribía, además, unas crónicas estupendas sobre la vida de las gentes de Acarigua. Quería hacer un libro como Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson. Sostenía también una auténtica devoción por la bebida y parecía emular a Don Birnam (Ray Milland) en Lost Weekend, 1945, de Billy Wilder: “Un solo trago es demasiado y cien no son suficientes”.

Era el tiempo en el que Jean Paul Sartre había logrado encauzar por el mundo la corriente filosófica del existencialismo, que centraba el conocimiento de la realidad en la existencia entendida como una vivencia íntima e intuitiva del hombre. Para expresarlo en palabras de ese acreditado académico llamado Google: el ser humano existe desde el momento en que es capaz de generar cualquier tipo de pensamiento. ¡El pensamiento hace que la persona sea libre y sin libertad no hay existencia...!

El caso es que a través de su literatura Sartre hizo popular el término existencialismo y, en lo personal, viví en París algo de aquel estremecimiento: rondaba por Les Deux Magots, el célebre café de Saint-Germain-des-Prés; estaba suscrito a Les Temps Modernes y temblaba de emoción cada vez que veía pasar a Sartre y a Simone de Beauvoir; seguí de cerca la polémica Sartre-Camus; odiaba los domingos cuando escuchaba con fervor a Juliette Grecco cantar “Je hais les dimanches” y encontraba un supremo deleite en las caves existencialistas: unos sótanos asfixiantes convertidos en cabarets ocupados por mujeres lánguidas y tipos estragados.

¡Y me alegró ver al amigo de Acarigua! Arrastrado por el entusiasmo le pedí que me acompañara esa noche a una fiestecita en Los Rosales. Pero antes de presentarnos en la fiesta nos detuvimos en el bar de la esquina para calentarnos un poco y no tener que llegar pasmados a una movida que podía encontrarse “en pleno desarrollo”.

Acarigua activó al máximo su dinamismo etílico: molestó a las chicas, se enardeció varias veces enfrascado en delirantes discusiones sobre Winston Churchill y la Segunda Guerra Mundial; sin darse cuenta irrespetó a la dueña de la casa al burlarse de unas pinturas hechas por ella; reiteró la repugnancia que le merecía Simón Bolívar por la fechoría que le hizo a Miranda con lo de La Carraca e insistió en calificar al Precursor como un verdadero “macho vernáculo” por la colección aquella de los pelitos del pubis y, completamente borracho, sin atinar siquiera a saber quién era terminó acostado y olvidado en uno de los cuartos de la casa pese a mis esfuerzos por llevármelo.

Días después, mientras tomábamos una fría, supe lo que hizo: cuando despertó con una resaca oceánica y sin saber dónde estaba, la lengua traposa y una sed infernal, se descubrió en un espejo que había en el cuarto y se vio más feo que nunca. Advirtió que eran casi las 2:00 de la tarde. Sigilosamente, entreabrió la puerta del cuarto y vio que la familia estaba almorzando. No se atrevía a salir porque forzosamente tenía que pasar por el comedor y no se animaba a detenerse, decir buenos días y mucho menos disculparse porque no sabía qué clase de estropicio había hecho durante la fiesta y porque seguía sin saber quiénes eran aquellas gentes. Tomó un sorbo de la cerveza y antes de que le preguntara: ¿Qué hiciste?, me miró con sus ojos saltones: “¡Me hice el existencialista!”, dijo. “¡Sin decir una sola palabra y sin mirar a nadie pasé de largo por el comedor y cogí la calle!”.