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Beatriz de Majo

En camisa de once varas

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Apenas se inicia el tratamiento del segundo tema de la agenda de las conversaciones de paz de La Habana y ya las FARC vuelven a mostrar su empeño en imponer condiciones para que, con base en ellas, se delibere sobre su participación política en el hipotético país pacificado.

Acaban de sacarse de la manga un listado de supermercado con 10 condicionantes que, de ser aceptadas, implicarían la refundación del Estado colombiano. Por ello es que exigen una constituyente, lo que es el punto número 10 de su petitorio. Sin ella, tal decálogo farquiano no podría ver la luz. Ya el Gobierno enfáticamente dijo No a la propuesta de modificación de la carta magna, pero las otras 9 son igualmente desproporcionadas.

¿Es esta una posición de partida para iniciar la negociación desde el extremo más inaceptable? Sin duda, pero en esta estrategia está claramente plasmado el ideario de los terroristas ahora convertidos en negociadores.

No la tiene fácil Juan Manuel Santos. El Presidente se metió en camisa de once varas. El tiempo ya no le rinde y empieza a percibirse impaciencia y cansancio en un país que le extendió un cheque en blanco para resolver el problema más recurrente en la vida diaria de los ciudadanos que es el anhelo de vivir en un país sereno.

¿Por qué puso el Presidente todos sus huevos en una misma canasta cuando se hizo el propósito –o se trazó la quimera– de convencer a los terroristas de que el abandono de las armas era una opción beneficiosa para ellos y viable para el país? Hace pocos días el vocero de los alzados en armas le recordaba a quien fue un aguerrido ministro de la Defensa que la entrega de sus fusiles no era una vía factible de consideración. “¿A santo de qué entregarlas si durante 50 años no nos las han podido quitar?”, fue el arrogante comentario de la cúpula asesina.

Colombia hoy se divide entre quienes consideran que una constituyente no le restaría poder ni institucionalidad al Gobierno y quienes piensan que la redacción de una nueva carta magna es una verdadera caja de Pandora de la que puede salir cualquier cosa no necesariamente conveniente.

Lo absurdo es que la discusión sobre ella pueda darse sin que alguien no grite que lo que es una aberración colosal es que sea la fuerza guerrillera, diezmada, y con la credibilidad en los suelos la que se sienta asistida del derecho de reclamar lo que no le corresponde.

Sólo que los guerrilleros no hacen otra cosa que valerse del espacio de actuación que se les ha acordado desde lo más alto del Gobierno. Ungidos de una representatividad y de un apego popular con los que no cuentan, a quienes no son más que un puñado de bandoleros el Presidente de los colombianos los ha puesto a jugar en las grandes ligas de la paz.

Cuánta razón al final va a tener el otro presidente, quien intuía que el fin de la hostilidad en Colombia no llegaría sino con la aniquilación del adversario.