• Caracas (Venezuela)

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Beatriz de Majo

Diplomacia destructiva

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No se puede decir que Nicolás Maduro fuera esperado con impaciencia en la majestuosa sala que acoge a la Asamblea General este año, pero sí con curiosidad. Desde fuera se ve con lástima lo maltrecho que está el país que le legó el “comandante eterno” y no podía ser sino interesante escuchar cómo su hijo dilecto se la piensa agenciar, contra todos los malos pronósticos y enfrentando una superlativa caída en su aceptación, para mantener el país económico y social con la cabeza fuera del agua.

Pero Maduro no se presentó en Nueva York y le tocó al canciller, Elías Jaua, tomar la antorcha y ser el que diera la cara y presentara a los delegados de países, de organizaciones multilaterales y ONG el parecer venezolano de cara a los eventos transcendentes que enfrentan los países en la escena global. Era la gran ocasión de nuestro país de ser profundo, analítico y constructivo frente a los hechos mundiales.

La ventaja de los que se dirigen en los últimos turnos a la audiencia de distinguidos diplomáticos en la Asamblea General es la de poder hacer referencia a los grandes tópicos que han llamado la atención de la humanidad, expuestos a través de las palabras de los presidentes que inauguraron el rosario de intervenciones de la cita neoyorquina. Y este año varios platos fuertes habían sido objeto de debate colectivo y ocupaban ya las primeras páginas de los periódicos del mundo. La atención global había sido acaparada, sin embargo, por los inesperados y esperanzadores planteamientos efectuados por el presidente iraní Hassan Rohani sobre la contribución de su país a la paz planetaria. Su disposición a un diálogo conciliador con quien fuera hasta el presente su más frontal enemigo –Estados Unidos–, y su determinación de corregir el rumbo trazado por su predecesor en el terreno nuclear se convirtieron en el eje de las deliberaciones y en el centro de los comentarios emocionados en los pasillos. Ese solo evento –la propuesta de Rohani en la Asamblea– tenía la consistencia necesaria como para revalidar a las Naciones Unidas como organización garante de la paz y de mostrar la relevancia de este foro multilateral en torno a un tema de importancia planetaria.

La propuesta de Venezuela, vertida en el discurso del canciller Jaua, no pudo ser, por todo el ambiente anterior, más infeliz, ni su planteamiento más extemporáneo. El eje de la intervención oficial venezolana fue su reclamo público por el secuestro de la ONU gracias a la acción imperial de Estados Unidos. De nuevo Venezuela se enzarzó en un pleito unilateral con quien cosechaba los frutos de una bien ganada batalla en pro del desarme atómico. Mientras las naciones aplaudían un viraje que pudiera ser decisivo para la resolución de muchos conflictos, nuestro canciller leía ante la audiencia una filípica en extremo descalificadora y, ajeno a toda la esperanza colectiva que se expresaba con entusiasmo, Jaua se desgastó en demostrar el oscuro futuro de la humanidad.