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Beatriz de Majo

El derecho de fisgonear

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Barack Obama está pagando un elevado precio en prestigio por los excesos de su agencia de seguridad. Ya es conocido cómo la legislación norteamericana fue ampliada, a raíz de los atentados criminales contra las Torres Gemelas, de manera de acoger novedosas formas de intervención, o herramientas formalmente válidas para emprender la lucha sin cuartel que han desarrollado contra el terrorismo mundial. En aras de ello, ciertas formas de espionaje cobraron sentido para la gran potencia.

Lo que es un despropósito inexcusable es la liberalidad con la cual la NSA montó escuchas para seguirles la pista a otros jefes de Estado y personalidades de la política mundial. Ya al gobierno demócrata le ha tocado escuchar las quejas de Brasil, Colombia, México, Francia. Pero cuando la semana pasada fue la señora Merkel, la heroína de la Eurozona, quien elevó su voz de protesta, el ruido adquirió altos decibeles. Ahora es Europa entera la que ha cerrado filas tras la frase “espiar a los amigos es totalmente inaceptable” de la canciller alemana y todos se suman al esfuerzo de llamado a la sensatez.

No es solo un daño a la confianza lo que se ha puesto de relieve entre esta Europa cohesionada y Estados Unidos. El episodio actual, que igualmente señala a Gran Bretaña como otro ente activo en el espionaje de sus vecinos, ha tomado la forma de un pase de factura que debe ser resuelto con algo más que una palmada de excusas. Este es el momento en que la solidaridad entre las grandes naciones en materia de la desactivación del terrorismo es ya un propósito conjunto y no una gesta americana o británica en solitario. Simples explicaciones no solventarán el malestar que es creciente y que en el caso del motor europeo, Alemania, tomó características de indignación.

Lo trascendente de la cumbre que acaban de sostener los aliados del viejo continente en Bruselas es que, una vez puestos sobre el tapete los inconvenientes que el mayúsculo fisgoneo norteamericano perifoneado por Edward Snowden ha dejado al descubierto, se ha hecho imperativo armar, en conjunto y con rigor, una eficiente fórmula de cooperación en el escenario de seguridad.

El grosero rastrillaje que Estados Unidos ha instrumentado, bajo el pretexto de proteger a propios y ajenos de los crímenes de fanáticos y radicales, ha dejado al desnudo el poder omnímodo de los servicios secretos de las grandes naciones y ha concientizado a los gobernantes de las vulnerabilidades que genera la recolección irrestricta de data de instrumentos digitales como Google o Facebook.

Ello dejará igualmente como corolario que es indispensable plantearse a escala planetaria políticas que, al tiempo que persigan y castiguen las violaciones de la seguridad de los individuos, resuelvan razonablemente y en conjunto las inquietudes públicas en torno a la vulneración de la privacidad.