• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Ajustes etimológicos

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Tan pretencioso título es sólo para impresionar, porque lo que en verdad trataremos es ponernos de acuerdo en usar las palabras con su real significado, acordes con lo que estemos abordando, comentando o señalando.

Ha sido conmovedora y estimulante la reacción de apoyo de diversos sectores ante las exhortaciones a la defensa de nuestra lengua, hoy degradada como lo está todo el país; planteándola como una necesidad esencial en el goce de una vida con apego a valores éticos y respeto a la condición humana, y como vehículo fundamental en el cultivo de sanas relaciones interpersonales.

Pero en la lucha por la recuperación de la dignidad atropellada en esta Venezuela militarizada, nos queda aún por ir más adelante; porque los empeñados en trazarnos líneas de conducta, introducen términos que a fuerza de repetidos pasan a ser incorporados y consagrados por el uso y abuso intencionales; con lo que el lenguaje tradicional, modificado de esa manera, termina sustituido por el creado a conveniencia de los bárbaros.

Desde que el caudillo murió sólo hemos visto malas copias suyas, repeticiones y lamentables imitaciones de cómo era y qué decía; y dado que en el recuerdo cuenta su pobreza cultural e ideológica, con todo y la insistencia adulante de evocarlo como un gran dirigente, un firme y hasta inteligente líder internacional, ni en él como tampoco en la banda de supuestos sucesores suyos se palpa algo que valga la pena. Y es que esos descendientes ignoran lo dicho por Chaplin, de que el humorismo es “la cura contra la solemnidad”, afirmación vigente con tantos figurines rojos que se muestran solemnes y no son sino símbolos de una farsa estrepitosa.

Y en materia “jurídica”: Son muchas las personas asesinadas a ser recordadas, y muchos los homicidas a no ser olvidados.  En el patético drama de Iván Simonovis, está más que probado que es inútil pedir a su favor medidas que algo tengan de humanitarias; pues de lo que se trata en su caso, vista la realidad, no es de simple indolencia sino de crueldad gubernamental; duele constatar que lo suyo y su eventual final distan de ser en términos naturales, pareciendo corresponder a un homicidio oficial, fríamente planificado y en plena realización.

Ya se volvió un hábito llamar presidente al subalterno trepador Nicolás Maduro, obviando detalles como la imprecisión de su lugar natal y no haber demostrado con documentos su nacionalidad real; que llegó al cargo trampeando; el ser un personaje que más que elemental es ignorante de la suma de principios, conceptos y experiencia requeridos para estar debidamente a la cabeza de un país; igualmente el de echar mano a bienes de la república con la mayor voracidad y la complicidad de una corte hamponil. Por otra parte se le define como viajero oficial en funciones inherentes a su magistratura, y lo correcto sería denominarlo Paseante Internacional, pues con cualquier pretexto sale a recorrer el mundo turísticamente, en plan de gira vacacional familiar, con una comparsa de chupadores y una millonada en dólares del tesoro fiscal; haciéndose el simpático a punta de morisquetas y de decir estupideces, y con generoso reparto de dinero que no es suyo

Otro caso es el de la afamada Asamblea Nacional, antro de serviles militantes presidido por un funcionario segundón en capacidad pero exultante en rol de desafiante matón, a ser llamado en propiedad Aberrante Magno del Parlamento, con su título en mayúsculas. 

Debo admitir sin embargo que sí hay algo de progreso. Por ejemplo: al principio y así fue por años, eran sólo Tarzán y su mona Chita; junto con ello las gracias de algún monito comiendo maní o cambures en un zoológico. Hoy tenemos hasta gorilas habilitados.