• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

¡Avispas!

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Siendo niño, sin poder defenderme, padecí la mediocridad de algunos maestros de primaria empeñados en que aprendiera de memoria aquel épico y exaltado poema titulado: “Bolívar”, de Tomás Ignacio Potentini (1859-1908): “Cuando creyeron, quizás, que se cansaba su brazo hizo en la América un trazo y volando casi loco con aguas del Orinoco fue a regar el Chimborazo...”, o los tres sonetos edificantes de Elías Calixto Pompa (1837-1879) titulados: Estudia, Trabaja, Descansa: “¡Es puerta de luz un libro abierto... !”. “¡Trabaja, joven, sin cesar, trabaja!”. “¡Ya es blanca tu cabeza pobre anciano...!”. Se daba por sentado que, al memorizarlos y declamarlos, el niño que yo era abriría los ojos de la conciencia, despertaría a la vida virtuosa que, según aquellos maestros adormilados, vivió Simón Bolívar, ya que consideraban la vida verdadera como la conciencia de una patria que, instintivamente, yo rechazaba por considerar que una patria levantada sobre poemas de tan aplastante vehemencia retórica no podría ser digna y enaltecedora. Llegué a creer, incluso (¡y no hay ofensa, colombianos!) que tanto Potentini como Elías Calixto eran naturales de la vecina república por el exceso de ripio inmarcesible; hasta que supe, para mi propio estupor, que uno era natural de Píritu y el otro de Guatire.

Siempre he tratado de sacudir mi conciencia, despertarla; hacerme más espabilado, más listo, más avispado. Entendí que tenía que esmerarme y comer mucha avispa, puesto que el cigarrón, sostenían aquellos mismos maestros, atora sin clemencia alguna. Despertar significa interrumpir el sueño del que duerme. Una complicada operación para Alfred Hitchcock, que sufría de narcolepsia y se dice que se dormía en el plató. Manuel Caballero, mi amigo y hermano de la familia elegida, sufría seguramente de narcolepsia porque se quedaba dormido en cualquier momento y ocasión. Lo hizo durante el almuerzo que John Francis Maisto, embajador de Estados Unidos, le ofreció como prueba de admiración cuando quiso conocerlo personalmente y, al contarlo, se quedó dormido en la mesa bien servida de Milagros Socorro. Sin embargo, ninguno como él para mantener despierta su conciencia ciudadana. Fue el primero que en la prensa escrita señaló que Hugo Chávez era fascista. También yo lo supe desde el momento mismo de aquel conspirativo: “¡Por ahora!”, pero no lo escribí en el periódico. ¡Solo me limité a comentarlo entre amigos!

Despierto, sin embargo, todos los días y me asomo al descalabro que está desintegrando al país desde hace quince años de continuas torpezas y desafueros militares, sin lograr despertar la conciencia de todo el país que soporta el oprobio sin valor para espabilarse, es decir, temeroso no solo de devorar cigarrones, sino de comer avispas. Permanece como aquellos maestros de escuela de mi infancia, adormilado y atontado como también lo era yo cada vez que, con la mano puesta en el respaldo de la silla y ante unos familiares igualmente idiotizados, recitaba los poemas de Potentini y de Elías Calixto como si fuesen retóricos autores colombianos con partida de nacimiento apostillada. Algún día, pienso yo, comeremos soufflé de avispa y escucharemos una proclama que dirá a gritos: “¡Compatriotas! ¿Llegó la hora de atorarnos con los cigarrones!”.